Durante siglos el alcohol ha estado presente en la mayoría de las culturas y su presencia es habitual en nuestro día a día. Cualquier evento es considerado un “buen motivo” para su consumo. Bodas , bautizos, fiestas populares, fallecimientos, divorcios… cualquier situación es bienvenida para que el “invitado principal a todas las fiestas” tenga su lugar de honor reservado. Si queremos reír o queremos llorar siempre nos estará esperando para “ayudarnos” a multiplicar nuestros sentimientos.

Sin su presencia, y naturalmente sin sus efectos, la fiesta no sería lo mismo. Está tan profundamente ligado a nuestra vida desde nuestra infancia, tan profundas son sus raíces dentro de nuestra cultura, que no podríamos entender una vida sin él.

Aunque en los años cincuenta del pasado siglo XX, la Organización Mundial de la Salud (OMS), comenzó, con su definición de alcoholismo, la lucha contra el estigma de ser alcohólico, todavía gran parte de nuestra sociedad entiende, aún a día de hoy, que dejar la bebida o cualquier otra droga, es una “cuestión de fuerza de voluntad”.

Según la creencia popular, «el alcohólico bebe porque quiere”, “si de verdad quisiera dejarlo, lo dejaría”.

A partir de 1952, se reconoció, por parte de las autoridades sanitarias, al Alcoholismo como una enfermedad. Según esta definición, “la persona que bebe en exceso presenta una dependencia de tal grado que ha llegado al extremo en el que aparecen graves enfermedades, tanto físicas como mentales, que interfieren, en gran manera, en sus relaciones emocionales, sociales y laborales”.
A pesar de haber transcurrido muchos años de esta definición, todavía hoy luchamos para hacer entender a la mayoría de las personas que un adicto tiene “secuestrada” su voluntad por la droga o drogas que consume, incluido, por supuesto, el alcohol.

Cada día nos encontramos con personas que vienen a la consulta en busca de ayuda para ellos o para sus familiares.

¿Qué espera el paciente del tratamiento?

En nuestra experiencia diaria es muy frecuente que el paciente nos pida recuperar el control sobre el consumo de alcohol. Son conscientes de que tienen un problema, incluso reconocen tener un grave problema, pero es tal su adicción, su angustia de separarse de él, que estarían dispuestos a hacer cualquier cosa que les permitiera no perder a “su mejor amigo”.

En general quieren seguir bebiendo “como todo el mundo”, “pero que no se me vaya de las manos”. El solo pensamiento de “dejarlo para siempre” les produce una angustia intolerable, la sola idea de que el “bienestar que les produce” pueda desaparecer, es la consecuencia de que muchos decidan no ponerse en tratamiento.

Su “amigo” el alcohol ha secuestrado literalmente su voluntad y aunque saben que les hace un daño intolerable, tanto a ellos como a sus familias, no ven como podrían dejarlo

Basándose en este deseo, la industria farmacéutica lleva investigando durante años moléculas que puedan ser útiles para disminuir “las ganas de beber”, buscando una solución intermedia, en la que el paciente “pueda beber, pero poco” y por tanto disminuir los daños tanto físicos como intelectuales que el consumo crónico de alcohol conlleva.

Durante los últimos años hemos asistido a la proliferación de fármacos que prometen, con muy poco éxito, la posibilidad de seguir bebiendo de forma moderada para así disminuir los daños derivados del consumo del tóxico alcohol.

Fármacos como el Baclofeno, que disminuye las “ganas de beber”, o el Nalmefeno y la Naltrexona, que frenan la sensación de bienestar que provoca la ingesta de alcohol, han venido para ser usados en aquellos pacientes en los que no se logra una abstinencia duradera o para tratar casos, cuyo organismo está tan dañado, que podrían beneficiarse si optamos por una política de reducción de daños.
En nuestra opinión, estos fármacos nunca deberían, siempre que la urgencia del caso nos lo permita, ser utilizados como primera línea de tratamiento del alcoholismo.

Hacer creer a la población que debe tolerar el uso de un tóxico, aunque sea en cantidades moderadas no es lo que, como sociedad, tenemos que buscar.

Solo modelos de terapia adecuados y preventivamente, modelos educativos imaginativos, como por ejemplo el modelo Finlandés de lucha antidroga -os invito a leer nuestro próximo artículo-, deben ser los caminos que nos lleven a hacer desaparecer esta gravísima, en daños humanos y costosísima, económicamente hablando, lacra social.

Dr. J. Díaz Mediavilla