Imaginemos un ratón al que llamaremos Mark. Este roedor vive en una jaula y se le ha enseñado a accionar una palanca para conseguir un trozo de queso. Más adelante se añade otra palanca que también le dará queso y se anula el efecto de la anterior. Mark aprende a conseguir su recompensa accionando una u otra palanca. De repente ninguna de las dos funciona y tras un infructuoso número de intentos fallidos, Mark se queda en una esquina de su jaula y deja de luchar por su supervivencia, se rinde creyendo que su conducta no producirá ningún efecto sobre el resultado haga lo que haga. Este estado de apatía y depresión se denomina indefensión aprendida.

La creencia de que no tenemos ningún control sobre las situaciones y que cualquier cosa que hagamos será inútil incluso cuando hay posibilidades reales de cambio es un proceso que se aprende y que puede influir de modo determinante en nuestra conducta y nuestro estado de ánimo. Un buen ejemplo podría ser la actual crisis económica y las dramáticas respuestas por parte de muchas personas que han perdido todo, algunas incluso con la triste convicción de que era una situación merecida o sobre la que ya no tenían nada que hacer. La violencia de género podría ser otro, la incapacidad de superar una adicción ante la falsa percepción de que no se puede hacer nada… Existen innumerables circunstancias en las que nos podemos sentir así si no hemos adquirido las habilidades necesarias para actuar.

Pero afortunadamente también se puede aprender el proceso contrario. Ser creativos, optimistas, afrontar las crisis y salir fortalecidos de ellas. A esto lo llamamos resiliencia. El ser humano tiene la enorme capacidad de crecer y desarrollar al máximo su potencial aún en situaciones muy adversas. Para ello es importante que desde pequeños confíen en nosotros, nos quieran incondicionalmente y nos animen a explorar las infinitas posibilidades que despliega la vida. Este aprendizaje es el entrenamiento para desarrollar la capacidad de ser resilientes.

Pero cuando en los primeros años de vida no se ha tenido el apoyo suficiente para adquirir estas capacidades esto no debe ser motivo para rendirse. El ser humano dispone de una larga trayectoria para realizarse, sacudir sus miedos, aumentar su autoestima, colaborar en vez de competir, utilizar su sentido del humor, su creatividad, su intuición, su tenacidad, flexibilidad, consciencia plena… En definitiva tiene toda su vida para darse cuenta de que es capaz de superar cualquier situación que la vida le ponga por delante interpretando las dificultades como oportunidades para aprender.

Esto siempre es posible. Y el momento para hacerlo es ahora.

Marta Blázquez Checa

Terapeuta de Centro Aupa