MI CEREBRO ADICTO

El artículo plantea una cuestión que me parece muy interesante y que siempre explico a nuestros pacientes de Aupa, una adicción no sólo depende de la capacidad adictiva de una sustancia, sino de nuestra capacidad para hacernos adictos. El DSM V, que es la clasificación americana de los trastornos mentales y que se sigue en prácticamente  todo el mundo, ha incluido en su última edición las adicciones sin sustancia, al reconocer finalmente que existen adictos a determinadas conductas: ludopatía, nomofobia, oniomanía, adicción al sexo…, no sólo se trata del consumo de una sustancia, va más allá. Depende de nosotros también, de nuestras características personales que conforman lo que denominamos cerebro adictivo y que hemos enumerado muchas veces: impulsividad, inmediatez, rasgos obsesivos, baja tolerancia a la frustración, baja autoestima, victimismo, búsqueda fácil de bienestar…Cualquier conducta o sustancia es susceptible de convertirse en el objeto de una adicción, puesto que no depende sólo de ella. Los adictos tienen la capacidad de convertir cualquier cosa inocente en un problema.  Esto es lo que parece ocurrirle a la hija de Olivia Newton- John: bulimia, anorexia, drogas, cirugía estética y ahora bebidas energéticas. Como vemos, el espectro es amplio y abarca de todo. Y sale de una adicción y empieza con otra. Este es el problema y por eso hago tanto hincapié en que nuestros pacientes lo entiendan.

Debo comprender cuál es el mecanismo que mi cerebro utiliza como adicto que es, y cuáles son mis circunstancias personales que lo propician. No olvidemos que toda adicción tiene un triple origen: cierta predisposición genética, características personales y factores ambientales. Así pues, para salir de una adicción, debemos haber trabajado sobre todo ello. Es evidente que sobre mi dotación genética, de momento, poco puedo hacer más que asumirla, pero sí puedo actuar sobre el resto, modificando todo aquello que hasta ese momento eran comportamientos o creencias erróneas y entendiendo cuál es el funcionamiento de mi cerebro, aprendiendo a escuchar las señales que me envía. Sólo si hago esto, no encadenaré una  adicción con otra, me da igual lo bien tolerada o socialmente bien vista que esté, debo reconocerme como adicto y corregir. Siempre cuento mi vivencia personal respecto a este tema, dejé de fumar y empecé a hacer puzles como manera de ejercitar la paciencia, hasta que comprobé que una actividad tan inofensiva como esa, se estaba convirtiendo en un problema, en una adicción a la que dedicaba casi todo mi tiempo libre y que hizo que dejara de hacer otras cosas, o que me molestara todo aquello que supusiera levantar la atención del tablero donde tenía el puzle, que paulatinamente era cada vez con mayor número de piezas en un evidente desarrollo de tolerancia, al necesitar cada vez más cantidad para sentirme igual de bien. Reaccioné, y entendí que mi cerebro adicto me había vuelto a ganar la partida, pero aprendí una valiosa lección: debía prestar atención a mi manera de relacionarme con las cosas, por muy  inocuas que parecieran, el problema estaba en mí  y eso es lo que tenía que asumir. Desde entonces intento no depender de nada, que no haya nada que se convierta en imprescindible en mi vida, a reconocerme en comportamientos impulsivos y obsesivos para corregirlos. Sólo desde ese momento pude decir que me había liberado de mi comportamiento adictivo, sólo entonces vi claro que era yo la que tenía que vigilarme y cambiar, reconducir todo aquello que me hacía daño y empezar a vivir de otra manera.

Debemos tener claro que no sólo son adictos aquellos que beben, o consumen cocaína, o juegan en el casino, también lo soy si no puedo prescindir de un programa de la televisión, si dejo de lado otras actividades por verlo, si no contesto al teléfono sea quien sea para que no me molesten, o si mi colección de cualquier cosa ocupa más tiempo en mi vida que las relaciones personales, o si no puedo prescindir de comprar un modelo mejor de teléfono móvil  o ropa, aunque suponga un menoscabo en mi economía que no me puedo permitir. Y podríamos poner mil ejemplos más de comportamientos muy cercanos a lo que es una adicción, a un cerebro sin equilibrio, sin control, en el que la parte racional está siendo sepultada por la parte más impulsiva, primitiva. Es muy difícil ser feliz para alguien que no sabe controlar sus impulsos, porque siempre estará buscando.

No somos perfectos, somos humanos. Lo importante es entender, reconocer y rectificar. Ser adicto no tiene porqué condicionar nuestra vida, puede ser la plataforma desde la que reconducir nuestro futuro, desde la que aprender, cambiar y mejorar. Como decía Mario Benedetti: “La perfección es una pulida colección de errores”

Dra. San Román