Esa es la pregunta que a menudo escucho cuando se produce algún acto de violencia que se convierte en noticia, más que pregunta lo escucho en forma de afirmación, parece que el mundo se divide en dos grupos: los violentos y los que no lo son. No es verdad. Define la Rae la ira como: Sentimiento de indignación que causa enojo. 2. f. Apetito o deseo de venganza. Pero además hay algo fundamental que debemos saber sobre ella, es una emoción básica y universal, esto es, viene en nuestra dotación al nacer puesto que supone una respuesta rápida y espontánea ante posibles peligros, y la tenemos TODOS los seres humanos, también los animales. Todos tenemos en nuestro interior la capacidad de ser agresivos, sólo es necesario dar con la tecla adecuada: sentir que está amenazado aquello que para nosotros es intocable, vernos en determinadas circunstancias para nosotros imposibles de tolerar, y la ira se desatará.

   ¿Y por qué la violencia es un instinto básico? Muy sencillo, la agresividad era necesaria hace millones de años para la competencia por los recursos limitados existentes y el aumento, por tanto, de la supervivencia. Era algo adaptativo, nos ayudaba a enfrentarnos a un mundo hostil. No debemos olvidar que nuestro cerebro se formó en la prehistoria, desde entonces permanecen grabados en él lo que denominamos instintos básicos, entre ellos la violencia. Ha sido la evolución y la selección la que nos ha dotado del sentido moral, de la capacidad para aprender de los errores, para el altruismo….en nuestro interior guardamos lo mejor y lo peor. Hemos aprendido otra manera de solucionar los conflictos o diferencias, hemos aprendido que es mejor hablar y no pelear, hemos aprendido que es mejor para la supervivencia de la especie ayudarnos y no atacarnos.

   Sin embargo existe algo que es propio del ser humano: la violencia extrema, la agresividad patológica y descontrolada que carece de valor adaptativo. Esta es la que nos asombra cuando aparece y nos hace preguntarnos cómo es posible. No olvidemos que el cerebro es un órgano en constante evolución, cambia y se moldea con la experiencia a lo largo de la vida, pero hay una época crítica; la infancia, en la que la influencia del entorno es fundamental. Unas adecuadas circunstancias ambientales de cariño, bienestar, educación y estímulos generarán un cerebro sano y adaptado. Por el contrario un entorno violento puede estropearlo para siempre. Según estudios realizados con técnicas de neuroimagen, el maltrato repetido en la infancia (maltrato físico, psicológico, abusos sexuales…) deja huella en el cerebro. Esta huella puede ser:

1-En forma de lesión de la corteza prefrontal por los golpes o fuertes zarandeos, quedando sin freno el sistema límbico de donde provienen los instintos básicos, al ser esta zona la encargada de cumplir esa función de control y del razonamiento moral. Al fallar este freno, las personas quedan a merced de su agresividad primitiva.

2- Otra posibilidad que puede ocurrir es que la amígdala y el hipocampo se desarrollen menos por el estrés que supone el vivir en un ambiente violento, deteriorando el adecuado procesamiento de las emociones y la formación de la memoria.

3- También las experiencias traumáticas provocan que los individuos que las han padecido posean un sistema límbico sobreexcitado, lo que propicia conductas antisociales o violentas.

                         Hay, como vemos, una clara correlación entre el maltrato y la violencia. Por tanto, no nos veamos tan alejados de la naturaleza de los violentos, es la educación y los estímulos recibidos lo que más nos aleja de ellos, no tanto nuestra bondad natural. No hay buenos y malos en categorías estancas, hay personas sometidas a determinadas circunstancias, a determinadas experiencias y sin formación, este es el caldo de cultivo perfecto para generar violencia. Es la manera primitiva que encuentran para relacionarse, ya que para esas personas el mundo está lleno de amenazas ante las que hay que defenderse atacando antes de ser atacado, esta es su concepción del mundo.

     Así pues hay dos tipos de violencia: la innata con la que nacemos y la aprendida como respuesta a determinadas vivencias negativas. La lucha contra ambas es la misma: adecuada formación intelectual y cultural, huir de la intolerancia, desarrollar la empatía para relacionarme con los demás de manera adecuada, rodearme de cariño y buscar estímulos para que mi vida se convierta en algo que mejora cada día. No olvidemos que nosotros seremos también los perjudicados si dejamos que la violencia, la ira o cualquier otro sentimiento negativo domine nuestras vidas, como decía Mark Twain: “La ira es un ácido que puede hacer más daño al recipiente en el que se almacena que a cualquier cosa en la que se vierta”

                                        Dra. San Román