Quiero controlar mi ansiedad. ¿Cómo puedo hacerlo?

Hoy hablaremos de la ansiedad, es un tema que se aborda en un artículo del diario El País , y que, por desgracia, pertenece a nuestro mundo actual. Y digo por desgracia, porque no es algo que nos haga sentirnos mejor, ni que nos ayude, ni que nos haga la vida más fácil, sino todo lo contrario. Y además, porque supone un aprendizaje erróneo, o nulo, para enfrentarnos a la vida. No es una enfermedad, aunque con frecuencia oigamos a muchas personas definirse y explicar su comportamiento a través de ella: “yo es que tengo ansiedad”. Cada vez que escucho esta frase me apena, porque da la impresión de que la persona cree que vive condicionada por algo que la esclaviza y dirige su comportamiento y su vida. Lo que yo quiero hoy reivindicar y dejar claro es que no es verdad, no existe la ansiedad como entidad clínica, es sólo una manifestación de una manera equivocada de entender lo que nos pasa, producto del desconocimiento de cómo funciona nuestro cerebro.

   Cada vez que nos enfrentamos a una situación que percibimos como amenazante, o por lo menos lo hace nuestro cerebro, aunque aparentemente sea inofensiva, como hablar en público, relacionarnos con personas desconocidas, empezar un trabajo nuevo, hacernos una prueba médica, viajar en avión……sentimos miedo, mecanismo ancestral que activa nuestro sistema de alerta defensivo, aumentando el nivel de cortisol, que es la hormona encargada de generar en nuestro organismo una serie de cambios que nos preparan de una manera efectiva para la lucha o la huida, Cuando se segrega cortisol es como si sonara la sirena que anuncia una emergencia, y como tal lo vivimos, aunque no guarde relación el hecho con la respuesta que nos genera: aumenta la frecuencia cardíaca, la sudoración, aumenta la tensión arterial, tensamos los músculos, contraemos los capilares sanguíneos….se activa el sistema límbico y la amígdala toma el mando. Pero ¿qué es la amígdala?, es la parte del cerebro encargada del procesamiento y almacenamiento de las reacciones emocionales ¿Y cómo sabe la amígdala que algo es peligroso?, por dos motivos: porque esté determinado genéticamente o por el aprendizaje. Este segundo es el quid de la cuestión, y también la solución. En algún momento nos enfrentamos a una situación que nos resultó generadora de preocupación por novedosa, impredecible, por nuestra propia inseguridad, por lo que nos han contado, por falta de asertividad…y esta sensación la grabamos asociada a ese estímulo. La próxima vez que nos enfrentemos a él, se activará de manera automática la sensación asociada, y así sucesivamente hasta que llegamos a estar convencidos de que no podemos enfrentarnos a eso sin que se desencadene toda esa carga emocional. Y ya está, ya nos hemos convertido en esclavos de una situación y una emoción. Además hay otro componente añadido: el hipocampo, que es la parte del cerebro encargado de transformar la memoria emocional en recuerdos objetivos autobiográficos. Y la amígdala y el hipocampo trabajan siempre juntos. Así que ahora es más fácil entender las fobias, las imposibilidades para hacer algo, las creencias sobre lo que no “puedo” hacer…Hemos grabado en nuestro cerebro una información unida a una emoción, y así se quedará para siempre si no la corregimos. Pero ¿qué podemos hacer?:

1-Entender que el miedo no es algo malo, es sólo un aviso de que nos enfrentamos a algo desconocido. Podemos ponerlo en el lado negativo y que nos bloquee. O podemos hacernos amigos, y entender el mensaje que nos manda, pero considerando que nos habla como un entrenador que nos dice! ánimo, vamos a superar algo!, si lo consideramos así lo haremos nuestro aliado y cuando lo reconozcamos sabremos que vamos a superar un reto en nuestra vida, y eso nos hará sentirnos bien y orgullosos, por pequeño que aparentemente sea el reto. Será nuestro motor.

2-Entender que las reacciones fisiológicas que sentimos son producto de una emoción, no de un padecimiento físico, por tanto puedo pararlo si aprendo a racionalizar la emoción. Tengo que entender que si dejo que progrese la cascada que se desencadena siempre, no podré corregirlo. No es inalterable, lo puedo modificar. Así que tengo que aprender a luchar, mantener a raya a mi sistema límbico, enviándole el mensaje de que no pasa nada, utilizando el razonamiento y las técnicas de relajación para rebajar mi nivel de ansiedad y ser capaz de recuperar la normalidad. Una vez que lo haya hecho, habré entendido que puedo y soy capaz de superarlo, y lo repetiré para la próxima vez, y cada vez lo haré con más facilidad. Se habrá roto el maleficio.

3-Entender que la ansiedad que aparece ante cualquier conflicto de mi vida, no es más que la manera que ha encontrado mi cerebro de huir de esa realidad que no me gusta, de protegerme. Pero debo entender que no es útil, no es adaptativa, todo lo contrario. Vivir supone disfrutar de lo bueno, pero también saber reaccionar y enfrentarme a lo que no lo es, forma parte de mi madurez. Si no lo consigo, nunca seré una persona emocionalmente estable, con todas las consecuencias que esto conlleva, como a diario observamos en nuestros pacientes de Centro Aupa, al encontrar como herramienta de afrontamiento de problemas o situaciones desagradables el consumo de una droga o la realización de cualquier conducta adictiva.

     El cerebro nace como un ordenador cuando lo compramos, somos nosotros los que vamos metiendo en él el contenido y los programas para manejarlo. Pero en cualquier momento podemos borrar la información que ya no nos sirva o cambiar el sistema operativo por uno nuevo y que funcione mejor. Esto se llama inteligencia emocional. Como decía el escritor y empresario William Stone: “Cuando dirigimos nuestros pensamientos correctamente, podemos controlar nuestras emociones”.

                                                                           Dra. San Román