Nos habla este artículo de

[EL MUNDO] de algo que hizo un profesor de la famosa universidad de Princeton, y que en mi opinión merece un gran aplauso: publicar su “curriculum de fracasos”, es decir, todas las veces que le habían rechazado o que había intentado cosas sin lograrlas.

Me encanta la idea y me encanta Johannes, aunque no le conozco. Esto es haber alcanzado la suficiente confianza en uno mismo, esto es de verdad querer ayudar y entender lo que es el temor, la inseguridad, la sensación de incompetencia… Y todos esos miedos que muchas veces nos acompañan y nos impiden avanzar, porque, como todos los miedos, paralizan. 

Desde pequeños nos enseñan que triunfa el mejor, el más listo, el que siempre hace todo bien. Es un error tremendo, pero en esa idea nos han educado y la llevamos con nosotros como una pesada losa toda la vida, condicionándola en gran medida. No es cierto, no sólo eso, sino que es rotundamente falso. Todos nacemos con la capacidad de hacer lo que queramos, sólo es cuestión de esfuerzo, trabajo y horas de dedicación. Y sobre todo, de no desfallecer.

El problema para que no nos lo terminemos de creer es que, en esta sociedad de los triunfadores, sólo se cuenta lo bueno: lo que se esforzó, sí, pero lo bien que le salió, o la genial idea que tuvo un día y que supuso inmediatamente que todo fuera bien. Nadie nos cuenta las angustias, las negativas que recibieron esas personas, la cantidad de veces que les rechazaron, o que tuvieron que oír que dejaran de soñar tonterías y se tomaran la vida en serio, el sinfín de veces que escucharían que no valían… Todos han pasado por eso pero a casi nadie, una vez que ha llegado arriba, le gusta reconocerlo. Por eso, mi enhorabuena a este profesor que, sin complejos absurdos, ha querido demostrar que en su momento no fue considerado como alguien válido o merecedor de ninguna recompensa. No ha tenido un camino fácil para llegar adonde está, pero lo consiguió porque no dejó de esforzarse y no se rindió. 

Al hablar de esto no puedo dejar de recordar lo importante que es no depender del criterio ajeno, de la palmada o aplauso de otros. Lo necesarias que son la autoestima, la confianza en uno mismo/a y la seguridad de QUERER y PODER.

Muchas veces, no adquirimos en la infancia estas aptitudes tan positivas como necesarias, por un problema del sistema educativo que sólo premia la capacidad de aprendizaje y la memoria, dejando de lado otras capacidades enormemente importantes y fundamentales para nuestra vida. Esto hace que seamos catalogados, como otras veces hemos dicho, desde la infancia en listos y burros, en triunfadores y fracasados, siendo marcados con una imaginaria señal que se graba en nuestro cerebro condicionando nuestro futuro.

Aprendamos a romper ese estereotipo que cae sobre nosotros mismos, atrevámonos a emprender proyectos que nos parecen imposibles, pongámonos a hacer cosas para las que siempre nos han dicho que “no valemos”… Sólo así aprenderemos a ser valientes, a confiar en nosotros mismos y a que la opinión más importante sobre nuestras capacidades es la nuestra: “con esfuerzo, lo conseguiré”

Miles de ejemplos corroboran que, gracias a no depender del juicio ajeno, no hemos perdido grandes genios de todos los campos: Albert Einstein, Stephen Hawking, el gran matemático Evariste Galois, Charles Darwin, Winston Churchill, Thomas Edison, Verdi, Unamuno, Balzac, el premio Nobel de medicina John Gordon… Y muchos más son la prueba viviente de que el sistema educativo imperante o el criterio por el que se juzga no es el adecuado. Todos ellos fueron considerados ineptos o poco válidos, incluso algunos “futuros fracasados”.

Ojalá llegue un día en el que lo más importante que se inculque a los niños sea la confianza en sí mismos y el convencimiento de que todo se puede conseguir si lo intentamos el suficiente número de veces y trabajamos con ilusión. Me viene a la cabeza un premio Nobel de química que al ser preguntado sobre si fracasaban muchos de sus experimentos contestó sonriendo: “El 99 %, pero no son fracasos, son la manera de aprender cómo no hacerlo”. 

No olvidemos nunca lo que dijo Charles Dickens:

“Cada fracaso le enseña al hombre lo que necesitaba aprender”.

Dra. San Román

Subdirectora Médica Centro AUPA