He decidido que esta simple frase sea el título de lo que os voy a hablar hoy, porque creo que esconde la respuesta a la gran pregunta que a lo largo de la vida nos hacemos mil veces y que subyace también en la historia que vamos a comentar: “¿puedo cambiar?”

El artículo de EL PAÍS nos cuenta la historia del arquitecto Francis Keré, mayor de 14 hermanos y originario de un pueblo de Burkina Faso en el que nadie sabía leer, y en el que no había agua ni electricidad ni, por supuesto, escuelas. Parecía claro el destino de Francis: ser otro niño más del poblado con el mismo futuro que hasta ese momento habían tenido todos. Pero aprendió a leer y decidió que quería hacer algo más. Con una beca se trasladó a estudiar carpintería a Berlín, pero él quería más y se hizo arquitecto. No olvidó, volvió a su pueblo y después de pedir el dinero y conseguir reunirlo, construyó una escuela, porque quería que otros niños también pudieran aprender a leer. Y lo consiguió, no sólo una, sino dos escuelas y una clínica. Hoy en día en su pueblo hay mil niños, un tercio de la población, que saben leer y reciben educación. Esta es la demostración de que la voluntad de una sola persona puede cambiar muchas cosas, empezando por su propia vida.

Mil veces nos habremos sentido incapaces de llevar a cabo un proyecto, el que sea: estudiar, nuestro trabajo, pintar, escribir, conseguir cambiar algo que no nos gusta en nuestra manera de ser, modificar algo que creemos injusto a nuestro alrededor… Cada vez que creemos que no podemos, estamos siendo derrotados antes de luchar. Daniel Dennet, uno de los filósofos más brillantes de nuestros tiempos, dice que el poder cambiar es nuestro gran poder”. Y así es. El problema es que para poder cambiar hay que creer que es posible, y siempre lo es. Todos al nacer somos como libros en blanco, tenemos que aprender y eso lo cumplimos en el colegio y a través de nuestro entorno. Pero hay algo que nadie nos enseña: a desaprender, a saber que lo que creemos a pies juntillas puede estar equivocado, a que las cosas pueden ser de otra manera y no como siempre han sido, a que somos los dueños de nuestro destino y nuestro futuro, a tener claro que nunca es tarde para empezar o cambiar y que, con esfuerzo, podemos conseguir lo que nos propongamos.

Esto es algo propio del ser humano y se llama libre albedrío: es la capacidad de elección, el poder cambiar de ideas, el ser libre para decidir. Es algo que nos ha permitido encontrar soluciones a los diferentes problemas a lo largo del tiempo y nos ha permitido sobrevivir: el saber que podíamos modificar las cosas. Pero el libre albedrío, como dice Dennet, puede desaparecer si dejamos de creer en él, si creemos que las cosas son inamovibles o que no somos capaces de hacerlo. Porque primero hay que creer y, después, trabajar. El protagonista de nuestra historia dice que el hacer arquitectura fuera de las leyes de mercado, es decir, sin seguir los patrones establecidos, haciéndolo él todo, es un trabajo extenuante, pero permite reinventar las reglas del juego. Este es el quid de la cuestión: reinventarnos. Saber que yo no soy lo que se espera de mí, o lo que siempre creí sobre mí mismo: soy lo que quiera y decida ser. No hay superhombres, sólo hombres con una gran decisión y capacidad de esfuerzo. Y esto podemos tenerlo todos si queremos. No hay nadie mejor ni peor, sólo hay personas con mayores inquietudes y más valientes. Nadie dice que sea fácil, primero hay que tomar la decisión y desprendernos de todas las falsas creencias que sobre nosotros mismos y nuestras capacidades tenemos.

Deja tus inseguridades a un lado, convéncete de que puedes hacerlo, y lo harás. No olvides que somos lo que hacemos, no lo que tenemos intención de hacer.

Dra. San Román

Subdirectora médica Centro AUPA