El motivo de este artículo es plantear una reflexionar común sobre una realidad espeluznante que ya es tristemente conocida en España: las atrocidades que se cuecen en nuestras costas en cuanto el calor empieza a apretar, especialmente en las Islas Baleares. Y empleo el verbo cocer, porque en este caso es literal. Miles de jóvenes (la gran mayoría británicos) se “cuecen” en bacanales alcohólicas poniendo en peligro sus vidas cada noche. Y la última moda ideada por gente muy mezquina añade también el día a este delirio de drogas, sexo y alcohol. Me estoy refiriendo a las “party boat”, fiestas donde, con argucias y estrategias maquiavélicas que rozan la ilegalidad, captan a jóvenes con promesas de juegos sexuales garantizados y alcohol hasta reventar y los embarcan en una disparatada “aventura” que acaba en tragedia en más de una ocasión.

Tres horas en un barco con chapuzón en el mar incluido, una vez que están todos borrachos, y una mezcla de música peleona, alcohol de la peor calidad y sexo descontrolado.

¿Es ésta la diversión que vendemos? ¿La guerra comercial entre las empresas organizadoras puede caer más bajo? ¿Vale todo?

No tiene sentido. Y lo malo es que tampoco solución. Al menos a corto plazo. Existen distintos niveles de actuación que tendrían que ponerse en marcha para frenar este tipo de iniciativas. Por un lado, desde el marco legal, sería imprescindible que hubiera un control sobre estas actividades que estableciera unos límites con supervisión por parte de las autoridades y multas en el caso de que se incumpliera lo establecido. Así mismo, los empresarios del sector deberían replantear el enfoque de la oferta de entretenimiento estival hacia opciones dirigidas al auténtico disfrute vacacional versus la diversión a cualquier precio. Los gobiernos, reflexionar sobre la actividad económica que genera esta clase de turismo en contraposición al gasto sanitario, policial y de otra índole y la imagen lamentable que se proyecta de España. Y por último, desde el plano social-educativo (colegios, familias, comunidades) se debería hacer un esfuerzo importantísimo para proporcionar a los jóvenes una formación adecuada en habilidades sociales y una toma de consciencia sobre las repercusiones que tiene el uso de cualquier droga en la vida de las personas. De este modo, los adolescentes dispondrían de una información imprescindible a la hora de plantearse cómo quieren pasarlo bien.

Nadie que lo piense detenidamente y aplique el sentido común puede concluir que ponerse “hasta arriba” de drogas hasta quedarse inconsciente, practicar sexo de riesgo y bañarse en el mar poniendo en peligro la vida es algo deseable.

Así que, manos a la obra… Cada uno, desde su radio de acción, que ponga su granito de arena para que podamos cambiar esta triste realidad.

“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas puede cambiar el mundo”. Eduardo Galeano

Marta Blázquez

Terapeuta Centro Aupa