Esta podría ser la pregunta que resumiría lo que el artículo de

[EL PAÍS SEMANAL] nos plantea. Creo que no hay disyuntiva, pero conviene que aclaremos varias cosas. El ser humano es un ser gregario, esto quiere decir que está diseñado para vivir en manada, por tanto es muy importante “encajar” en el grupo, es una de las necesidades básicas que tenemos. Somos una especie altamente social, siendo esta una de las bases del éxito de nuestra supervivencia a lo largo del tiempo. Necesitamos el vínculo emocional que nos une a los demás para ser plenamente felices, y eso es bueno. Pero también puede convertirse en un arma de doble filo, os explicaré el porqué.

Desde el momento de nuestro nacimiento nos incorporamos al primer grupo, que es el familiar, siendo en éste en el que intentamos “encajar” por primera vez. De hecho las primeras palabras que suele decir un niño son “papá” y “mamá”; el niño no sabe lo que dice, pero sus padres son las personas más felices del mundo en ese momento, porque sienten que han sido reconocidos. El niño lo hace por agradar, al igual que sonreír cuando le sonreímos, nos imita. Posteriormente crecemos y llegamos a la infancia. Casi todos hemos dicho alguna vez eso de que los niños son muy crueles, no admiten a los diferentes. Por tanto, seguimos reafirmándonos en la necesidad de ser como los demás, de pertenencia al grupo. Pero es en la adolescencia cuando esto se hace más acusado, llegando a constituir los amigos y el hacer lo que la mayoría, lo más importante: todos visten igual, dicen las mismas cosas, oyen la misma música, ven las mismas series… Y si no, eres un bicho raro. Se supone que a partir de los 18 o 20 años, deberíamos empezar a madurar, a definir nuestra propia personalidad, a valorar por nosotros mismos las cosas. Pero, por desgracia, esto no ocurre siempre así. Hay personas inseguras, con falta de confianza en sí mismas, con falta de autoestima, que permanecen en la etapa anterior. Es entonces cuando sus vidas se convierten en fuente de infelicidad, su necesidad de agradar es más fuerte que sus propios deseos, creencias o esperanzas: se convierten en personas que se comportan según lo que se espera de ellas, según lo que desean sus padres o la sociedad en la que se mueven. Viven según unos patrones previamente establecidos, convirtiendo su vida en una carrera por agradar SIEMPRE y a TODOS. Es evidente que esto es imposible, provocando mucha angustia y siendo el origen, por desgracia y como comprobamos a diario, del inicio de muchas adicciones, al buscar en esa sustancia o en la realización de determinada conducta patológica su única fuente de obtención de bienestar y del alivio del profundo malestar que vivir de esa manera provoca.

Lo adecuado sería, al salir de la etapa de la adolescencia y madurar, llegar a tener un claro conocimiento de nosotros mismos, sabiendo cuáles son nuestras virtudes y defectos. Esto no supone, de ninguna manera, la aceptación resignada que a veces oigo de “yo soy así”. Todo lo contrario, supone reafirmarnos en aquello que hacemos bien y mejorarlo, y modificar aquello que hacemos mal. De esta manera, no estaré a merced de la opinión que, sobre nosotros, tengan los demás. Y de esta manera también, cuando alguien critique algo que hacemos mal, no nos frustraremos, puesto que ya seremos conscientes de ello.

La opinión sobre nosotros mismos no dependerá del criterio de los demás, ni tampoco nuestro comportamiento. Haremos aquello que consideremos lo correcto, independientemente de si eso genera halagos o críticas.

Esto es lo importante. Esto no quiere decir que, por supuesto, no sea agradable para todos recibir halagos, ya que eso nos anima a seguir y nos reafirma, pero éstos no se deben de convertir, de ninguna manera, en nuestro motor.

Soy yo el que debo vivir mi vida de la manera que crea mejor, soy yo el que debo dormir con tranquilidad sobre la almohada de mi conciencia, soy yo el que mejor sabe qué tengo que hacer; todo lo demás, los halagos, son regalos y como tales, agradables y estupendos, pero no obligatorios ni necesarios para mi bienestar. Es necesario ser lo suficientemente generosos para reconocer en los demás aquello que hacen bien y decirlo, no debemos dejar de hacerlo. Pero nuestra meta laboral, personal o vital no debe ser obtener los halagos o la aprobación de los demás. Así pues, la conclusión es:

Sí a los halagos cuando son merecidos como ánimo para seguir por ese camino y como reconocimiento de las cosas bien hechas, pero no como pago obligado a nuestro comportamiento.

No olvidemos que a la cima no se llega superando a los demás, sino superándonos a nosotros mismos.

Dra. San Román

Subdirectora Médica Centro AUPA