A raíz de una noticia sobre un considerable aumento de presupuesto (133 millones de dólares para el 2016) objeto de combatir la adicción a narcóticos y medicamentos por parte del gobierno de Obama, nos hemos detenido a reflexionar de nuevo sobre el peligro que suponen estas drogas legales o ilegales y cómo pueden resultar una trampa mortal para tantas personas. En Estados Uni

dos, el costo económico, sólo en el 2007 fue de 193 mil millones de dólares. Y el costo humano es aún peor, el número de muertes inducidas por sobredosis de drogas supera al de homicidios y accidentes automovilísticos. Y estos datos podrían ser extrapolables a nuestro país.

El uso y, en muchas ocasiones, abuso de medicación psicoactiva u otro tipo de drogas para aliviar la dureza con que se manifiesta a veces la vida va en preocupante aumento. Y la pregunta que nos hacemos no debería ser ¿qué tiene de mala la droga?…Esto es muy obvio. Sería más interesante plantearnos qué tiene de bueno una sustancia que, temporalmente, alivia el sufrimiento y genera un aumento de dopamina, sustancia encargada de que nos sintamos bien. Cualquier tipo de droga funciona como una especie de anestesia para nuestros cerebros. ¿Y por qué queremos anestesiarnos? Porque queremos evitar el dolor. ¿Y de dónde procede este dolor? Ésta es una cadena de preguntas complejas de responder puesto que el fenómeno de la adicción es bio-psico-social, es decir, está compuesto de factores biológicos que se dan en una determinada personalidad y en un contexto social.

Pero lo que si sabemos a día de hoy es que el aprendizaje del individuo tiene muchísimo que ver en el desarrollo de esta enfermedad y no tanto el componente genético o azaroso. Y, si se puede aprender, también se puede modificar.

Vivimos en sociedades donde a menudo falla el aprendizaje esencial que recibimos desde los primeros años de vida. El modelo educativo, familiar, laboral, de relación con otros y con uno mismo, hace aguas. Y si estos pilares no son sólidos, el individuo no sabrá gestionar el dolor, la frustración, el stress, los conflictos, etc…Y en estas situaciones tan difíciles de manejar, las drogas juegan un papel letal.

Por tanto, además de promover cambios profundos en nuestras sociedades a nivel social, político y educativo, las personas con adicciones deberían tener una información precisa y rigurosa sobre su enfermedad, desvinculada de cualquier idea de vicio o falta de voluntad y acceder a un tratamiento donde encuentren las herramientas para modificar todos los aprendizajes nocivos que, consciente o inconscientemente, han recibido y recuperar su libertad y su derecho a una vida equilibrada sin necesidad de consumir drogas. Si quieres más información, pídenos una cita

Marta Blazquez Checa

Terapeuta en Centro Médico AUPA