Es lo que podríamos creer que pensó Drew Barrymore con respecto a qué contar de su vida a sus hijos. Sabemos por la prensa la trayectoria de la actriz desde los siete años en que se hizo famosa: drogas, ingresos psiquiátricos… Una sucesión de escándalos; sin embargo, según vemos en el artículo de El País, ha decidido no ocultarlo, todo lo contrario. Creo que ha sido una decisión valiente y acertada: ha decidido contar la verdad, la sucesión de hechos que la ha convertido en la persona que es hoy en día, una madre y esposa feliz, contenta con su vida y plenamente realizada en su faceta personal y laboral.

La publicación de esta segunda biografía de la actriz, me ha hecho recordar lo que muchas veces les digo a mis pacientes con problemas de adicciones en terapia, pero que es aplicable a todos: tenemos que ser capaces de mirarnos en un espejo y vernos como realmente somos, sin adornos, sin maquillaje, sin disfraces, sin disculpas.

Tenemos que ser lo suficientemente valientes para poner encima de la mesa nuestro pasado y nuestro presente, sólo así seremos capaces de entender qué hemos hecho mal, qué es lo que nos ha traído problemas y en qué nos hemos equivocado. Sólo así podremos cambiar, sólo así aquello que nos hizo daño tendrá un sentido: obtener una enseñanza, acercarnos más a la idea real de en qué consiste vivir. Pero esto no supone revolcarse en el lodo y flagelarse por aquello en lo que nos hemos equivocado, ni mucho menos. Sirve sólo para no repetir errores, para convertirnos en personas más humildes, menos soberbias, más compresivas, más tolerantes, en una palabra, en mejores personas y más sabias. Como dice Martin Seligman, el creador de la psicología positiva:

“Experimentar dolor da hondura al ser humano, pero quedarse apegado al dolor es un sinsentido”.

Todos hemos pasado por diferentes experiencias en nuestra vida, todos hemos cometido errores, unos mayores y otros menores, todos nos hemos equivocado, pero esto no es lo importante, sino lo que hacemos con todo ello. No debemos de ser cobardes, no debemos justificarnos, ni victimizarnos, ni echarle la culpa de todo a los demás, si hacemos esto, todo lo ocurrido y todo el sufrimiento habrá sido en balde. Tenemos que dejar a un lado la soberbia, el orgullo, los prejuicios y sobre todo, el miedo a vernos cómo realmente somos: seres humanos que se equivocan, seres egoístas en multitud de ocasiones, pero también lo suficientemente valientes para asumir todo estoy aprender.

 Como decía una reciente campaña publicitaria “darle la vuelta a la tortilla”. Todo el cómputo de vivencias, buenas y malas, nos hacen llegar al punto actual de nuestras vidas en que, por fin, somos capaces de entender en qué consiste sentirnos bien con nosotros mismos y ser felices, así pues no debemos renegar de nada. Debemos de tener muy claro cuáles han sido nuestros puntos débiles, aquellos que nos han llevado a cometer errores, y cambiarlos.

Sólo así podremos estar bien, podremos entender que si yo cambio, el mundo cambia. Alguien dirá que esto es exagerado, claro que no cambiará el mundo, pero sí mi percepción de él y de lo que es importante para mi vida, por tanto cambiará MI mundo. Al final Drew Barrymore ha descubierto la sencilla clave de la felicidad: querer y ser querida, preocuparse más de los que la rodean y ser menos egoísta, dedicar el tiempo a algo que la hace feliz y haber entendido que el haberse equivocado era fruto de la ignorancia y del querer seguir lo que otros establecían como patrones de diversión y felicidad. Ahora es una persona que ha asumido su pasado y está en paz con él. Así pues nunca olvidemos que el poder cambiar es nuestro gran poder.

Dra. San Román

Subdirectora Centro Médico AUPA