LA SALVACIÓN DE DOS LETRAS

¿ Por qué no se decir NO ?

Una simple y corta palabra, pero que nos puede complicar y hacer la vida más difícil si no aprendemos a decirla: “NO”. No se trata de ser desagradable o no ayudar a los demás, sabéis los que leéis con frecuencia nuestros artículos que todo lo contrario es lo que os proponemos siempre. Se trata de, por sistema, no anteponer las necesidades de los demás a las mías propias, salvo lógicamente en caso de necesidad. El artículo nos habla de lo nefasto de esta costumbre y del precio final a pagar por ello, entonces ¿por qué lo hacemos? Hoy me gustaría analizar con vosotros los diversos motivos que subyacen bajo esta incapacidad, y de esta manera que cada cual valore si se ve reflejado en alguno de ellos:

1-Falta de asertividad. Es el primero y más evidente de los motivos. No nos enseñan la mayor parte de las veces a decir lo que pensamos sin que esto nos genere ansiedad, sobre todo si se trata de negarnos a algo. La educación recibida nos adiestra para lo contrario, para callar las “cosas desagradables” o a ser complacientes. Insisto no se trata de ser antipático negándonos a todo, o de ser un “sincericida” que cree necesario decir todo lo que piensa. Se trata de situarse en el término justo, si puedo hacer un favor y quiero hacerlo, estupendo, hazlo. Pero veis que he subrayado los dos verbos: poder y querer. De esto se trata, sólo así haré las cosas de corazón, de verdad y me sentiré satisfecho. Si no quiero o no puedo, debo aprender a decirlo con calma y sin sentirme mal, aunque el otro lo reciba con desagrado. Las relaciones humanas se deben de basar en el respeto al otro, aunque lo que nos diga no nos guste. Así que si la otra persona no comprende o no le parece bien lo que le decimos o si nos negamos a algo, es su problema, no el nuestro, no somos culpables de nada.

2-Compra cariño. Desde pequeños hemos aprendido que si decimos que sí a todo, se nos considera personas buenas y complacientes, ganándonos así el cariño de los demás. Y nos acostumbramos a hacerlo, porque nos gusta la sensación de ser querido. Surge de esta manera la ancestral necesidad de pertenencia al grupo y si desde pequeños se nos cataloga como “buenos”, seguiremos este camino porque se supone que es el nuestro. En el sistema de polos opuestos en el que hemos sido educados, si no eres bueno, eres malo, así que adoptamos ese papel y lo asumimos como propio. Pero no es verdad, no siempre tienes ganas de hacer favores, o de cuidar a los demás o de dejar tus cosas para el final por falta de tiempo, así pues finges, aunque a veces no seas ni consciente de ello, y te rebelas interiormente pensando ¿y porqué siempre me toca a mí?. Y te frustras, y resulta que no te produce satisfacción las cosas buenas que haces, sino todo lo contrario: enfado, ansiedad, malestar, cansancio, hartazgo…Pero no te equivoques, no es culpa de los demás que “abusan” de ti, es tu culpa que no sabes establecer límites y que vives fingiendo un papel.

3-Falta de autoestima. Tiene íntima relación con el apartado anterior, aunque con matices diferentes. No sólo se trata de querer ser aceptados por los demás, en este caso es que creo que los demás sólo me valoran por eso, es mi principal cualidad, sin la cual no valdría nada, me convertiría en una persona anodina. Lo que me da valor es mi bondad. A esto se suma un concepto erróneo de bondad, que es el de vivir al dictado o pendiente de lo que quieran o necesiten los demás. Soy una persona no conflictiva, y eso es lo que opinan los demás de mí: fulanito/a nunca da problemas. Es como si no tuviera opinión o criterio, o necesidades, o vida propia….Pero es mi falta de valoración de lo que valgo o puedo aportar la que me dice al oído que es mejor que no diga nada, que me calle, que la gente me quiere precisamente por eso, que es lo que me define y que si no lo hago, no valdré nada. Me pone los pelos de punta cuando oigo a los demás, si les preguntas cómo es alguien, decir es muy bueno y no ser capaces de decir nada más de esa persona. Tenemos que ser los primeros en hacer una valoración justa y precisa de nosotros mismos, sólo así podremos vivir como queramos y hacer las cosas que verdaderamente queramos hacer. No debemos de ser nuestro pero juez, pensemos siempre que lo que aceptaríamos, entenderíamos y perdonaríamos en los demás, también lo debemos de hacer al juzgarnos a nosotros mismos. Lo contrario es soberbia, creer que nuestro nivel de exigencia debe de estar por encima del de los demás. Aprendamos a querernos y así seremos capaces de empezar a valorar que lo nuestro también importa, que lo que quiero, necesito y me apetece también es importante.

         Para terminar me gustaría que antes de actuar pensemos en porqué lo hacemos y tengamos en cuenta esta frase de Paulo Coelho que creo resume la idea del artículo: “Cuando dices “SÍ” a otras personas, asegúrate de que no te estás diciendo “NO” a ti mismo”.

                                                   Dra. San Román