¿Adiós a la depresión? Esto podría ser lo que erróneamente podríamos pensar tras leer el artículo de EL MUNDO CIENCIA: “Descubren las claves genéticas de la depresión”. Lo siento, pero no es así, aunque me gustaría que lo fuera. La depresión es una enfermedad de una gran relevancia, afecta a 350 millones de personas en el mundo y es una de las principales causas de discapacidad, y además va en aumento, así pues nos enfrentamos a un problema de gran importancia. Aclararé porqué no es una solución definitiva, aunque sí un descubrimiento importante y de gran relevancia en determinados casos, e incluso, en la mejora del tratamiento de esta enfermedad. 

A nivel de la causa que la provoca podemos hablar de dos tipos de depresión: depresión endógena y depresión exógena. Las endógenas son aquellas provocadas por un desequilibrio bioquímico a nivel cerebral, sin ninguna otra causa que las provoque, son quizás las que más angustia generan al enfermo: no entiende lo que le pasa ni porqué, no hay motivo. Las personas que le rodean tampoco entienden porqué está así, aumentando su angustia al no poder explicarlo. Suelen ser hereditarias y tienen buen pronóstico, el 90 % se curan al tratarse de un problema que se soluciona con la medicación antidepresiva, que en este caso lo que hace es arreglar un “defecto” a nivel de la cantidad de neurotransmisores presentes en nuestro cerebro. Es muy importante explicárselo al paciente y que entienda que su caso es igual que el de cualquier otro enfermo, por ejemplo un diabético, hay algo que falla en su organismo y que arreglamos con la medicación necesaria. Insisto en la explicación por la carga de angustia extra que se suma al hecho de sentirse así y no saber porqué. También porque puede que el tratamiento para este tipo de depresión sea necesario mantenerlo en el tiempo y el paciente debe comprender la importancia de tomarlo. Es este tipo de depresión el que se verá beneficiada fundamentalmente por el descubrimiento del artículo. 

Pero existe un segundo tipo de depresión, las depresiones exógenas, que son aquellas que están provocadas por acontecimientos externos, están “justificadas”. Curiosamente, tienen peor pronóstico si no son debidamente tratadas. Y cuando digo esto, me refiero a que si el médico se limita a pautar una pastilla y ya, no se soluciona nada. Mejorará su estado de ánimo aparentemente por efecto de la medicación, pero no se habrá solucionado el verdadero problema. Es cierto que hay causas que no se pueden arreglar: la muerte de un familiar, un problema laboral, un divorcio… Pero en esos casos hemos de entender que es necesario pasar el duelo, no podemos ni debemos evitarlo, no hay medicación que solucione esto, sólo el tiempo y el tener una visión diferente de las cosas, entender que el sufrimiento y el dolor, la muerte y la enfermedad, y los problemas, forman parte de esto que llamamos VIVIR. Pero además de estas causas que podemos entender y que son evidentes, hay otras que no se ven, pero están ahí y provocan un malestar profundo y continuo, es lo que se llama estrés crónico y que nada tiene que ver con el concepto de estrés como falta de tiempo para hacer cosas o prisa, que habitualmente tenemos. Ese malestar no tiene que ver con cosas que nos pasen, sino con lo que nosotros mismos nos decimos acerca de las cosas que pasan; tiene que ver con nuestras creencias irracionales. Entre ellas pueden estar: la inseguridad, la falta de confianza en uno mismo, el sentirse juzgado permanentemente, el querer agradar a todo el mundo, el no saber decir que no, la frustración por vivir de una manera que no me gusta, la cobardía, la falta de autoestima… Cualquiera de estas cosas mantenidas en el tiempo y asociadas a una sensación de fatalidad, es decir, de que es irreversible, de que “es lo que me toca” termina provocando que enfermemos, ya sea físicamente o que padezcamos una depresión. Y esto no se arregla con una pastilla. Claro que el antidepresivo es útil, ayuda a que la persona mejore su ánimo y tenga más fuerzas para encarar los cambios necesarios e imprescindibles en su vida. Y es este tipo de depresión el que no se puede arreglar antes de nacer, pero sí, por ejemplo, desde el colegio con programas escolares para promover el pensamiento positivo entre los niños, como dice la Organización Mundial de la Salud. También deberá ser necesario, como dice Enrique Rojas, enseñarle al paciente con la psicoterapia a “leer mejor el pasado, a pasar las páginas negativas”. A superar todas esas cosas que le impiden ser feliz, una a una y poco a poco… ¡Y por supuesto que se consigue cambiar! Esto lo sabemos bien en Centro Aupa, lo vemos a diario en nuestros pacientes. 

Creo que el mensaje es esperanzador, los avances médicos van encaminados a “arreglar” los desajustes genéticos que puedan provocar la depresión. Y debemos saber que los otros desajustes, los que dependen de nosotros mismos, también tienen solución, sólo debemos acudir a buscar ayuda profesional. Y esto es lo que debemos de tener claro, porque como decía Vallejo Nájera

“una de las amarguras de la depresión es que borra la idea y ,los sentimientos de esperanza”.

Dra. San Román

Subdirectora Médica Centro AUPA