Nos habla el artículo de

[PSICOLOGÍA Y MENTE] de la familia como origen de muchos trastornos y conflictos que arrastramos con posterioridad y a lo largo de nuestra vida. Así es, y es fácil de entender si comprendemos que la familia es el primer contacto con el mundo que tenemos y el primer lugar donde aprendemos cuales son las “reglas del juego”. El problema es que en cada familia se imponen unas reglas distintas: por desconocimiento o por soberbia (las que hay no me gustan y me invento unas propias), e incluso en algunas se hace trampa, con lo cual aprenderemos a jugar así para siempre, con los consiguientes problemas que esto nos traerá cuando nos pongamos a “jugar” con los demás. Intentaremos describir, de manera general, cómo nos puede marcar nuestra familia: 

  1. El ser humano está diseñado para vivir en manada, siendo una característica fundamental la necesidad de “encajar” en el grupo. Nuestra primera experiencia grupal es la familia, así pues ahí aprenderemos qué comportamiento se considera adecuado para ser valorado en el grupo: ser sumiso, tener carácter, ser valiente, ser obediente, ser de determinada ideología…E intentaremos adaptarnos para ser aceptados. Demostración de ello es la primera vez que el niño dice papá o mamá, él no sabe lo que dice pero para sus padres es el día más feliz del mundo porque creen haber sido reconocidos y el niño aprende que eso genera felicidad y mimos, con lo cual, lo repite. 

  2. Nuestra familia y, en concreto, nuestros padres son los primeros referentes que tenemos sobre el comportamiento de ambos sexos. Ahí aprenderemos cuál es el papel de la mujer y el hombre, tanto en el ambiente familiar como social y laboral, aprenderemos qué es lo que se espera de cada uno de ellos y lo copiaremos para bien o para mal .Es por eso que nos cuesta entender a veces cómo no desaparece el machismo en el hogar o cómo los hijos de padres violentos reproducen a veces los mismos patrones de comportamiento con sus propias parejas, es lo que han aprendido. 

  3. Es la primera referencia que recibimos sobre cómo nos perciben los demás, lo que en el artículo se define como profecía autocumplida: nos enfrentamos por primera vez al juicio externo, a la imagen que trasmitimos, por primera vez se nos cuelga una etiqueta y, por desgracia, algunos son incapaces de arrancársela nunca: gracioso, generoso, listo, tonto, torpe, bueno, malo, habilidoso…


  4. Aprendemos cómo enfrentarnos a los problemas o cómo resolver conflictos. En nuestra familia observaremos cómo se trata cualquier cuestión conflictiva: no se habla del problema para evitarlo y hacemos como si no pasara nada, lo resolvemos a gritos y portazos o nos sentamos con calma y plantamos cara y buscamos soluciones. 


  5. Heredamos los prejuicios, en nuestra casa aprenderemos el dogma y a ser intolerantes con todo aquello que sea “diferente”, sea cual sea el pensamiento que se considere dogmático: ser religioso, ser vegetariano, ser ateo, ser de determinada ideología política, ser de determinada raza, vivir de una manera, casarse, odiar el matrimonio… Da igual qué sea lo que aprendamos como algo inamovible, el problema es considerarlo como lo verdadero, como la adecuada manera de pensar, considerando por tanto a los demás como seres que viven de manera equivocada. Esto nos convertirá en personas dogmáticas, sectarias y con poca amplitud de miras. 


  6. Aprendemos competitividad. Son nuestros propios padres los que fomentan muchas veces la importancia de ser el primero, el mejor, y la consiguiente segunda lectura: si no lo eres, eres un fracasado. Competimos con nuestros hermanos, recibiendo ahí la primera puntuación y será además, algo que con el sistema educativo imperante se perpetuará: se nos clasificará con las notas, grabándose en nuestro cerebro como una verdad sagrada que somos los mejores o los peores. 

  7. Aprendemos cómo debe ser nuestra relación con los demás y con el entorno: respetuosa o considerando que son algo que está ahí para que yo me aproveche. Se nos debería enseñar a ser empáticos, altruistas, compasivos, respetuosos con la naturaleza, pero por desgracia no siempre es así. 


  8. Cómo enfrentarnos con el mundo: con miedo o con seguridad. Creo que esto es fundamental para lo que va a ser el resto de nuestras vidas como personas seguras de sí mismas y sin el lastre terrible que supone el miedo y la inseguridad consiguiente, que nos paraliza y nos mantiene aislados en nuestra zona de confort, sin ni siquiera plantearnos el abandonarla. Esto es algo que todos los padres deberían tener como algo prioritario: convertir a su hijo en alguien que confíe en sí mismo. 


  9. La importancia del “qué dirán” o la “vox populi”, espantosas frases que todos hemos oído en casa alguna vez y que lo que lleva implícito y graba en nuestro cerebro desde pequeños es: vive de acuerdo a lo que se espera de ti, a los cánones establecidos, o no pertenecerás al grupo y no serás valorado. Cuánto daño ha hecho esto, a diario lo veo en la consulta como fuente de una profunda infelicidad no confesada. 

No olvidemos nunca la responsabilidad que supone educar a un hijo. Pero no se trata de hacer nada raro ni necesitemos ningún master, sólo debemos recordar nuestra infancia, recordar qué nos hizo daño de pequeños y no repetirlo, y qué nos proporcionaba consuelo o alegría y hacerlo. Hay dos cosas fundamentales que debemos proporcionar a nuestro hijo: amor y seguridad. Así haremos realidad la frase de Einstein:

“Intenta no volverte un hombre de éxito, sino volverte un hombre de valor”. 

Dra. San Román

Subdirectora Médica Centro AUPA