Tras leer el artículo de EL MUNDO “El albino Shaun Ross anima a que ames tus defectos” me vienen muchas cosas a la cabeza, en primer lugar  la poca tolerancia que en nuestra sociedad existe hacia todo aquello que no se adapta a “la norma” sea del tipo que sea, físicamente o de otro tipo. El simple hecho de utilizar la palabra tolerancia en relación a este tema, ya denota la cantidad de prejuicios que tenemos. No tenemos nada que tolerar, no tenemos que sentirnos magnánimos perdonando la vida a todo aquel que no es como nosotros; el hecho de hacerlo denota nuestra cortedad de miras.

Da igual de la diferencia que se trate, todos tenemos el mismo derecho, nadie está en posesión de la verdad, aunque al hablar de tolerancia lo parezca: nosotros somos los “normales” y a los diferentes les permitimos convivir con nosotros. Lo peor de todo esto es que cuando actuamos así, nos creemos unas personas modernas, liberales y sin ofuscaciones o tabúes. Esto será así cuando no consideremos a los diferentes los dignos de ser tolerados, sino exactamente iguales. Y da igual que hablemos de características físicas, religiosas, raciales, de pensamiento… La pluralidad enriquece, los prejuicios empobrecen y limitan. Por eso es tan importante que seamos conscientes de que los tenemos en lugar de negarlo, está demostrado que las personas que son conscientes de que tienen algún sesgo son más imparciales, al ser capaces de considerar que al enjuiciar algo les influye.

Debemos saber que la intolerancia es fruto de dos cosas:

-La vanidad de nuestro cerebro: esto hace que simpaticemos o consideremos adecuado o idóneo todo aquello que nos recuerde a nosotros mismos. Esto se llama favoritismo inconsciente. Las personas a las que valoraremos más serán aquellas que sean más parecidas a nosotros. Esto es un mecanismo no consciente, pero que debemos conocer para evitarlo y saber que estamos emitiendo una opinión no válida cada vez que juzgamos a alguien a priori.

-Por miedo ancestral a todo aquello que sea diferente: no debemos olvidar que el miedo es una emoción básica que nos hace reaccionar rápidamente, una estrategia evolutiva sin la cual no estaríamos aquí después de tantos millones de años. Se genera en el sistema límbico, la zona del cerebro responsable de nuestras emociones y es tan poderoso que bloquea el resto de procesos cerebrales. Todo aquello que era diferente lo veíamos como no perteneciente a nuestro grupo y, por tanto, peligroso. Esto nos continúa pasando, todo aquello con lo que no nos identificamos en el fondo nos da miedo y lo rechazamos.

 ¿Cómo podemos luchar entonces contra estos mecanismos? Con tres herramientas fundamentales: información, comunicación y educación. Con los dos primeros conseguiremos romper estereotipos y prejuicios al dejar de temer a lo desconocido, al conocerlo y comprobar que hay más similitudes que diferencias. La ignorancia es el caldo de cultivo para los fanatismos, como por desgracia estamos comprobando últimamente. Y con respecto a la educación, es nuestra responsabilidad y obligación no trasmitir a nuestros hijos nuestros propios temores, sino convertirlos en personas sanas, sin odios ni sectarismos de ningún tipo, y conocedores de que la humanidad es muy diversa en cuanto a pensamiento, color, apariencia, pero al final todos somos iguales en lo importante: los sentimientos y las emociones. Ojalá algún día no pasen cosas tan terribles como las que nos cuentan en el artículo: los albinos son asesinados en Africa para su venta como amuletos. Algo tan monstruoso sólo se puede explicar por el miedo a lo diferente, fruto de la ignorancia.

Como decía una frase que leí recientemente:

“No se trata de tener derecho a ser iguales, sino de tener igual derecho a ser diferentes”.

Dra. San Román

Subdirectora Médica Centro AUPA