Ésta es la pregunta que quizá alguien pudiera hacerse equivocadamente al leer el artículo de

[Tu Nueva Información] al que hoy hacemos referencia. No sería este el mensaje. Lo que Serge Latouche nos dice es simplemente que no es el tener o acumular cosas lo que nos proporciona la felicidad, más bien todo lo contrario. El continuo afán de tener más, de cambiar de modelo de móvil, de tener un mejor coche, vestirnos a la moda, incluso de decorar nuestra casa con las últimas tendencias, nos convierte en esclavos del consumo y, lo que es peor, en esclavos de aquello que creemos que va a hacernos sentir felices y satisfechos, con la consiguiente frustración posterior. Porque esto no es nuevo, está demostrado que cualquier cosa material novedosa en nuestras vidas genera una felicidad momentánea. Incluso si nos toca la lotería, algo con lo que sueña la mayoría de la población, nos proporcionará alegría durante tres meses, al cabo de los cuales nuestro nivel de felicidad volverá a ser el mismo que teníamos antes de que nos tocara. Por tanto, si todos repetimos que el dinero no da la felicidad ¿por qué seguimos consumiendo de esa manera descontrolada? ¿Por qué lo que más nos ilusiona es comprar o que nos regalen aquello que está de moda o la última novedad del mercado? ¿Por qué no nos conformamos con tener menos? Creo que esto ocurre por varias razones:

1.  De manera inconsciente, porque así se nos ha inculcado en esta sociedad en la que vivimos, llevamos grabado a fuego lo de “tanto tienes, tanto vales”. La mayoría de nosotros quiere tener lo último, lo mejor, lo más caro porque así sabe que se reafirmará ante los demás, a simple vista valorarán que es una persona importante y con la categoría y, por tanto, el dinero suficiente para tener todo eso.

2. Vivimos en una continua carrera de obstáculos para alcanzar aquello que creemos que los demás esperan de nosotros. Nacemos con un destino marcado, o eso creemos. En muchos casos nos limitamos a transitar por el camino que parece ser tenemos predeterminado por el ambiente social, nuestra familia o incluso el lugar en el que hemos nacido. La supuesta llegada a meta conlleva el haber adquirido un estatus económico, así pues nos afanamos en conseguirlo.

3. Los prejuicios, que imperan en esta sociedad eminentemente capitalista, hacen que sólo destaque socialmente y sólo se respete a aquel que ha triunfado, entendiendo por supuesto por triunfo, el económico. Y este triunfo ha de ser visible, así pues, lleva aparejado una buena casa en una buena zona, un buen coche, unos buenos viajes, vestir de determinada manera y con determinadas marcas, utilizar toda la última tecnología…

4. Quizás todo lo dicho anteriormente hace que la educación que recibamos no sea la adecuada. Esto hace que depositemos nuestras ilusiones y esperanzas en conseguir todo eso. El problema es que si no hay nada más, el desencanto posterior supone el abismo. Si esto no me proporciona la felicidad, ¿qué me queda?

A diario veo esto: falsas expectativas sobre las cosas, el haber conseguido casi todo y sentirse desgraciado y la eterna pregunta ¿qué me falta? Nos falta poner nuestras ilusiones en lo verdaderamente importante. Y esto es lo que nos intenta explicar Latouche con su movimiento el “decrecimiento”. No quiere decir que debamos retroceder, ni mucho menos, sólo replantearnos las cosas. No necesitamos acumular cosas, no necesito trabajar tantas horas para ganar más y tener más , no necesito endeudarme con un banco de por vida, no necesitamos expoliar la naturaleza para conseguir cosas absurdas e innecesarias, no podemos vivir de manera opulenta sólo unos cuantos mientras la otra parte de la humanidad malvive miserablemente o muere. Esto no tiene ningún sentido.

Y claro que la gente feliz no necesita consumir tanto. Su bienestar no radica en lo económico y superficial, si no en algo más profundo:

En sentirse bien con uno mismo, estar en paz, notar cómo la vida la ocupan las cosas importantes, las que de verdad merecen la pena: el querer y el sentirse querido. En hacer algo por los demás, valorarse a uno mismo de manera justa y no necesitar la opinión ajena, disfrutar de las pequeñas cosas que la vida nos ofrece, sentir curiosidad por aprender… En una palabra: VIVIR.

Todos debemos hacer examen de conciencia y hacer una lista de los afanes absurdos que podemos tener. Deberíamos ser conscientes de en qué estamos convirtiendo nuestra vida, si en una carrera de obstáculos o en un agradable y maravilloso paseo, como debería ser. Como dice el ensayista francés Joseph Joubert:

“El dinero es un estiércol estupendo como abono, lo malo es que muchos lo toman por la cosecha”

Dra. San Román

Subdirectora Médica Centro AUPA