Contrariamente a lo que dice en el artículo de ‘La Mente Es Maravillosa’ el estrés no es un mal moderno, es un mecanismo del que disponemos los seres humanos como defensa desde el principio de los tiempos, es el que nos ha permitido perpetuarnos como especie. El estrés es una reacción fisiológica ante la detección de una amenaza para nuestra supervivencia y que desencadena un mecanismo que nos permite ponernos de manera inmediata en situación de alerta y poder huir de manera rápida de ella o si no es posible, enfrentarnos de la manera más eficaz posible. ¿En qué consiste? Fundamentalmente en la secreción de cortisol, una hormona que provoca diferentes cambios en nuestro organismo:

  1. Dilatación de las pupilas para ver bien el peligro
  2. El cerebro lleva sangre fundamentalmente a los músculos, que se tensan para la pelea o para la huida.
  3. Sube la tensión arterial y aumenta la frecuencia cardíaca
  4. Contrae los capilares de la piel para minimizar la pérdida de sangre en caso de que la hubiera.
  5. Aumenta la sudoración y la temperatura corporal
  6. El cerebro le dice al estómago y a los riñones que dejen de trabajar, para economizar la energía y la sangre.
  7. Los pulmones aumenta la oxigenación

El problema es que hoy en día no tenemos que huir de los mamuts, ni de los dinosaurios, pero sin embargo mantenemos este sistema de defensa. Y como nuestro cerebro es un experto buscador de amenazas, como dice la neurocientífica Sonia Lupien que lleva más de 30 años estudiando el estrés, hoy en día interpretamos como amenazas toda aquella situación que cumpla cuatro características:

  • Novedad
  • Impredecibilidad
  • Sensación de no controlar la situación
  • Y amenaza para nuestra personalidad.

En este último apartado incluímos nuestros miedos, inseguridades, complejos, el no saber decir que no, el querer agradar a todo el mundo… Así pues, no nos sentimos amenazados por un peligro puntual, son amenazas continuadas y por tanto, reacciones que vamos encadenando sin dejar que nuestro cuerpo se recupere.

Esto es lo que constituye el estrés crónico, la gran lacra de nuestro tiempo. Es pues muy importante que aprendamos a detectarlo. Tiene tres fases:

  1. Molestias o trastornos inespecíficos. Algunos de estos son: dolores de cabeza, problemas digestivos, morderse las uñas, trastornos del sueño… Esto es lo que yo denomino señales de alerta, cuando aparecen nos indican que algo no va bien.
  2. Si dejamos que siga avanzando, nuestro cerebro nos reclamará alguna recompensa que alivie su malestar: fumar más, comer dulces, beber alcohol, comprar de manera compulsiva
  3. Primero te enojas con facilidad, te sientes ansioso y al final aparece la depresión y como consecuencia empeora el funcionamiento de nuestro sistema inmunológico y, por tanto, tendremos mayor probabilidad de enfermar. Según la OMS, la depresión relacionada con el estrés crónico será la segunda causa de invalidez en el mundo en el año 2020.

Tenemos que conseguir saber qué es lo que nos estresa a cada uno, no son las mismas causas para todo el mundo, y también es importante detectar cuáles son nuestras “señales de alerta” para detectar desde el inicio que algo no va bien. Y además de esto, ¿podemos hacer algo más para luchar contra el estrés? Pues sí. Existe un antídoto del cortisol que segregamos cuando estamos estresados y que provoca tantos daños, la oxitocina. Y ¿cómo la conseguimos? Muy fácil, se genera en situaciones placenteras: reír, bailar, que te den un masaje, relaciones sexuales, estar con la familia o amigos, leer, hacer una excursión… También hay otras cosas que podemos hacer para luchar contra él: hacer ejercicio físico, tener una mentalidad positiva, ayudar a los demás, tener relaciones afectivas satisfactorias…

Vemos pues lo importante que es para nuestra salud y para nuestro equilibrio emocional detectar nuestros factores estresantes y enfrentarnos a ellos e intentar arreglarlos. Pero también es muy importante que llevemos una vida llena de cosas que nos generen felicidad y satisfacción para poder sobrellevar mejor los momentos malos que puedan aparecer. No dejemos que algo que nos ha permitido seguir existiendo desde hace millones de años acabe ahora con nosotros. Nunca olvides que, como dice una frase que leí no hace mucho:

No puedes detener las olas, pero puedes aprender a surfear.

Dra. San Román

Subdirectora Médica Centro AUPA