EL PAÍS: “Todos queremos evitar el sufrimiento y ser felices. Sin embargo, debido a cómo hemos sido condicionados por la sociedad, solemos vivir de tal forma que conseguirlo se vuelve imposible”.

El tema está muy manido. ¿Cuántos artículos, reportajes, libros, conferencias, congresos giran en torno a este tema? Innumerables.

Pero no parecemos dar con la clave. ¿Será que el secreto es que no hay secreto? Y que lo tenemos delante de nuestras propias narices pero no lo vemos. ¿Es posible que la felicidad ya esté dentro de nosotros y que lo que tengamos que hacer es quitar cosas que nos dispersan más que añadir nada?

Decía Anthony de Mello, famoso psicoterapeuta, en un trabajo sobre el apego, la felicidad y la libertad mental que existen cuatro reglas falsas sobre la felicidad.

1. Para ser feliz necesito conseguir algo que ahora no tengo.

2. La felicidad está en el futuro.

3. La felicidad llegará cuando cambien las cosas y las personas que tengo a mi alrededor.

4. Seré feliz cuando las cosas se den como yo quiero y pase lo que yo quiero.

Y es que debemos partir de la premisa de que la felicidad no es algo que tengamos que conseguir. La felicidad (al menos así es relatada por miles de sujetos que han sido sometidos a diferentes estudios y seguramente por todos lo que leéis estas líneas) sucede cuando una persona está involucrada en una actividad física o mental y su realización es intrínsecamente gratificante, es decir, la sensación de placer no viene de fuera sino de dentro, de la alineación entre el sujeto y lo que está aconteciendo sin ser demasiado importante la finalidad de esa acción. Y esto es universal e independiente de género, edad, religión, condición social, cultural y por supuesto del tipo de actividad realizada.

El niño que está aprendiendo a montar en bici y da sus primeras pedaladas es feliz, el matemático que trabaja en resolver un problema y se le pasan las horas sin darse cuenta es feliz, el deportista que se supera cada día es feliz, el músico que se funde con la pieza que está tocando es feliz…

Y la energía empleada en todo lo que no sea fluir en el momento sin luchar ni ofrecer resistencia genera sufrimiento. La mente que divaga dándole vueltas a todo sin llegar a conclusiones de ningún tipo no puede ser feliz porque se está perdiendo lo que de verdad está pasando y las posibilidades que la vida le brinda para zambullirse de lleno en VIVIR.

La ansiedad y el aburrimiento son enemigos de la felicidad. Es tan sencillo y tan complejo a la vez… Las historias de superación que todos conocemos donde el ser humano conecta con el amor por uno mismo y por los demás, donde uno se da cuenta de las cosas esenciales de la vida, donde acepta y valora la vida tal y como es, suelen tener muchos momentos de felicidad.

Como ejemplo, la vida de Stephen Hawking, uno de los seres más brillantes que han existido, casado dos veces y con tres hijos y un trabajo científico asombroso a pesar de ser diagnosticado de un enfermedad durísima a los 21 años (esclerosis lateral amiótrofica). Su pasión por el estudio del origen el universo le llevó a recibir docenas de premios en reconocimiento a su labor científica. Y a día de hoy continua en activo a sus 73 años con el cuerpo completamente paralizado y comunicándose a través de un sintetizador de voz. Pero no es necesario ser Stephen Hawking, ni conseguir ninguna hazaña memorable para ser feliz.

No le des más vueltas. Deja de buscar. Centra tu atención en lo que deseas y genera los movimientos necesarios para conseguirlo. A diferencia del disfrute instantáneo que aparece sin el mayor esfuerzo (como es el caso de las drogas), la mente que fluye alineada con un objetivo es muy potente. Pero requiere concentración y esfuerzo.

Y no lo dudes, la felicidad llamará a tu puerta. ¡Esperamos que estés atento!

Marta Blázquez

Terapeuta Centro Aupa