El genial anuncio de Coca Cola “las etiquetas son para las latas, no para las personas” vuelve a hacer que en este artículo retomemos el tema de los prejuicios, de las ideas preconcebidas, de las etiquetas que desde el momento de nuestro nacimiento nos adjudican y que, en muchos casos se llegan a convertir en nuestra personalidad.

No me cansaré de decir que la única manera de luchar contra la “visión única” de la vida es primero siendo conscientes de que TODOS tenemos prejuicios, el hecho de reconocerlo y detectarlos nos convertirá en personas con menos sesgos, puesto que cuando ocurra sabremos detectarlo y corregirlo. Aparte de esto, debemos estudiar, hablar con la gente, leer, viajar… Y un larguísimo etcétera. Todo esto hará que desechemos esas viejas, absurdas y en muchos casos con poco fundamento, creencias. Pero hoy me gustaría centrarme en nuestras propias etiquetas, en las que arrastramos sin ser conscientes, y que nos adjudican desde que nacemos. Veremos alguna de ellas:

  1. El sexo. No, no me he vuelto loca. Es evidente que al nacer somos varones o hembras, pero es desde ese momento cuando se nos etiqueta por primera vez. Empieza porque se nos adjudica hasta un color, rosa si eres niña y azul si eres niño. Esto puede no ser muy importante, pero es el primer indicio de que se espera cosas diferentes de nosotros: las mujeres y los hombres tienen comportamientos, gustos y aptitudes y actitudes muy diferentes. Éste es el mensaje, compórtate como se espera de las personas de tu mismo sexo, no hagas nada que se salga del patrón establecido.

  2. El lugar que ocupas entre los hermanos. Puede que a alguien le parezca exagerado este punto, pero veréis como no es así. Es evidente que la educación que recibe el hermano mayor no es la misma que la del hermano pequeño, y si hacemos un pequeño examen en nuestras casas, veremos que es así. Hay personas incluso que se adjudican de tal manera el papel de hermano mayor, que lo ejercen toda su vida, habiendo asumido como propio eso que esperan los padres del mayor: que cuide y vigile a sus hermanos. Por otro lado, el hermano pequeño suele recibir una educación más relajada que la de sus hermanos, al haber “aprendido” sus padres con la experiencia previa que ciertas cosas no son útiles o incluso habiéndose acostumbrado a tolerar otras. Así pues, desde pequeño tu propia familia te adjudicará un papel de vigilante si eres el mayor al repetir ante cualquier conflicto: “pero tú eres el mayor, tienes que cuidar a tu hermano”, también por tanto, se le habrá adjudicado un papel al hermano pequeño.

  3. El aspecto físico. Desde que eres muy pequeño la gente te adjudicará una etiqueta: ojos bonitos, niño guapo, pelo precioso, niño gordito… Y te lo creerás. Si el juicio es positivo será estupendo para tu autoestima, pero si no lo es, será demoledor. Deberíamos dejar de condicionar a las personas por su aspecto, y sobre todo deberíamos aprender que nuestro aspecto depende en gran medida de nosotros mismos. Salvo que tenga una patología extraña, estaré gordo si quiero, lo que debemos hacer entonces es, en vez de lamentarnos o resignarnos, es ponernos manos a la obra y aprender a comer bien y a hacer ejercicio. Si no soy muy guapo según los cánones establecidos, puedo mejorar mi aspecto y saber que ser una persona guapa y atractiva no son siempre sinónimos. Debo cuidar mi aspecto físico como parte de mi cuidado a mi persona, como síntoma de que me quiero y me siento a gusto, no como una forma “de adornar la mercancía” para aumentar su valor, como hacen algunas personas.

  4. Las habilidades. Sean éstas del tipo que sean: sociales, manuales, intelectuales… Nos entrenan desde pequeños para huir del fracaso como de la peste. Tremendo error: el fracaso es el combustible del éxito. Es muy difícil obtener éxito en nada que emprendamos desde el primer momento, así pues debemos familiarizarnos con el fracaso y considerarlo como el primer escalón a subir antes de llegar arriba. Nos adjudican un papel: torpe, habilidoso, tímido, extrovertido, imaginativo… Y lo arrastramos convencidos toda la vida. Ni siquiera cuestionamos su veracidad, somos torpes para las cosas manuales y punto. Esto lo entendemos como un dogma, y no hacemos nada para cambiarlo, por tanto nunca nos pondremos a hacer nada de ese tipo y además, si lo hacemos nos saldrá mal y reafirmará ese convencimiento. Lo mismo ante cualquier otra característica. Totalmente falso y dañino. Este tipo de creencias absurdas sólo nos limita y nos convierte en “mutilados”, hay partes de nuestra personalidad que no desarrollamos porque siempre nos han dicho que eso no se nos da bien. Nadie nos dice que “si quieres, puedes” y que esto se aplica a cualquier aspecto de tu vida. No importa si eres tímido, al principio te costará si vas a un sitio nuevo donde no conoces a nadie, pero debes de seguir haciéndolo hasta que deje de ser algo costoso y se convierta en algo normal. No importa si siempre te han dicho que tenías imaginación de pez, la creatividad se aprende y se desarrolla con la práctica, igual que cualquier otra cosa.

Haz el ejercicio de creer que eres capaz de todo, olvida todo aquello que siempre has creído sobre ti y te asombrarás de los resultados.

Como decía Balzac: “La resignación es un suicidio cotidiano”, así pues no lo hagas, no te resignes y despréndete de tus falsas creencias sobre ti mismo. Atrévete, fracasa y vuelve a intentarlo. Y sobre todo nunca olvides que como dice el anuncio “las etiquetas son para las latas, no para las personas”.

Dra. San Román

Subdirectora Médica CENTRO AUPA