No quedamos impactados al ver las imágenes de dos jóvenes tirándose encima de unos lechones para matarlos de la manera más cruel imaginable sólo por diversión y para difundirlo como si se tratara de una hazaña digna de ser conocida.

Ante semejante noticia, es posible que mucha gente piense que estaban locos o que eran dos personas verdaderamente malas; no podemos explicarnos sino, cómo una persona puede cometer semejante atrocidad. Existe el agravante, además, de que eran animales a los que ellos cuidaban y  a los que habían visto nacer. Pero ¿cómo se llega a esto?, ¿hay personas que son así de perversas?, ¿cómo podemos entender semejante comportamiento?

Este es el tema del artículo de hoy: intentar comprender. Es una discusión filosófica muy antigua el saber si hay personas malas y buenas, o si nos influye el entorno, y en determinadas circunstancias, todos podemos ser malos.

Tras los juicios a los que fueron sometidos varios oficiales nazis por crímenes contra la humanidad por el exterminio judío, nuevamente se reabrió el debate, puesto que no sólo fueron ellos los que impusieron ese imperio del horror y el terror, estuvo la connivencia del resto de la población; personas que en principio eran buenas. Para comprobar cómo esto era posible, se realizó un experimento muy conocido en el año 1961: el experimento de Milgram: se decía a las personas participantes que se iba a hacer un experimento para intentar mejorar la capacidad de aprendizaje de la gente. Si fallaban, se les aplicaba una descarga eléctrica para que se esforzaran, todo supervisado por un supuesto director del experimento. Se demostró que la mayor parte de las personas, 2 de cada 3, eran capaces de maltratar e incluso llegar a matar a otra persona, aunque no de manera directa, sino subiendo el voltaje del aparato que les daba descargas, a pesar de oír sus gritos desgarradores. Por supuesto, todo era una ficción y el que gritaba era un actor y no se electrocutaba, pero eso el participante no lo sabía.  Diez años después, en 1971, se realizó otro experimento por parte del psicólogo Philip Zimbardo en la Universidad de Stanford. Se trataba de separar a un grupo de jóvenes en dos: carceleros y presos y mantenerlos encerrados en un lugar simulando una cárcel. Baste decir que iba a durar tres semanas y tuvo que ser suspendido a los 6 días, dado el nivel de violencia y agresividad inusitada al que llegaron personas que previamente eran consideradas normales, buenas e incapaces de comportarse así.

Así pues, os preguntaréis cuál es la conclusión. Como decía alguien, la maldad es una pendiente resbaladiza por la que es muy fácil deslizarse, aunque a priori creamos que no. Si repasamos nuestra vida con objetividad, veremos que, en determinados momentos, todos hemos sido malos: hemos hecho daño a alguien a sabiendas, hemos mentido, hemos engañado, hemos hecho alguna trampa… Nunca se empieza por algo grande, la degradación moral empieza por pequeñas cosas. Nuestro director, el Dr. Díaz Mediavilla, dice siempre que bajar el primer escalón de la falta de moral cuesta mucho trabajo, pero una vez que lo hemos hecho, seguir bajando es más fácil.

Pero entonces, ¿todos somos malos? ¿podemos hacer algo por evitarlo? Sí, hay cosas que podemos hacer:

  1. No disculparnos. Hemos de ser lo suficientemente objetivos a la hora de juzgar nuestros actos como para ser conscientes de cuándo actuamos mal.
  2. No restar importancia a determinados comportamientos por no considerarlos graves. No olvidemos que nunca se empieza por algo tremendo, si empezamos a tolerar “pequeñas trampas” o faltas de honradez, terminaremos teniendo una moral muy laxa y permisiva.
  3. Luchar contra la ignorancia. El desconocimiento de las cosas nos hace temerlas y por tanto, siguiendo un instinto primario ante el miedo, rechazarlas y luchar contra ellas. Da igual de lo que hablemos: otras razas, culturas, maneras de ver la vida, animales, lugares… El aprender sobre ellos nos hará entenderlos y, por tanto, dejar de temerlos y rechazarlos. 
  4. Promover la empatía, intentar salir del pensamiento único y ser capaz de ponernos en la piel de los demás. Es mucho más fácil utilizar la agresión hacia otros seres vivos si tienes poca empatía, si no eres capaz de intentar comprender lo que sienten. Ésta es la mejor arma para luchar contra la violencia y favorecer el altruismo.
  5. Cuidar nuestro entorno. Todos los seres humanos tenemos una serie de instintos básicos que forman parte de nuestra naturaleza: violencia, miedo, tristeza, instinto sexual, de supervivencia… Nos hemos civilizado y hemos aprendido a controlarlos, pero están ahí. Hemos de saber que el entorno nos influye, aunque nos creamos por encima de él. Debemos preocuparnos de lo que vemos, de lo que leemos, de las personas que nos rodean… Porque todo ello servirá para hacernos mejores o peores personas.

Recientemente, hemos conocido a través de

[EL PAÍS] la petición del fiscal de cárcel para estos dos jóvenes por el terrible crimen que cometieron con estos lechones, además de grabarlo y difundirlo por WhattsApp. 

“¿Es usted un demonio? Soy un hombre y, por lo tanto, tengo dentro de mí todos los demonios.” Chesterton

Dra. San Román

Subdirectora Médica Centro AUPA