En el titular de la entrevista al abogado y escritor Ildefonso Falcones, autor de La Catedral del Mar, “permanecer ocioso es un riesgo en sí mismo”, encontramos la oportunidad de detenernos unos minutos a pensar sobre algo tan necesario como peligroso: el Ocio. 

Si acudimos al diccionario de la Real Academia, descubrimos que existen dos acepciones para esta palabra. 

OCIO: (Del lat. otĭum) 

  • Cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad. 
  • Tiempo libre de una persona. 
  • Diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio, porque éstas se toman regularmente por descanso de otras tareas. 
  • Obras de ingenio que alguien forma en los ratos que le dejan libres sus principales ocupaciones. 

Una primera, asociada a la inactividad y la pasividad, que tiene una clara implicación negativa, pues supone malgastar nuestro tiempo o estar ocupándolo en cosas inútiles. Ya lo decían nuestras sabias abuelas: “Cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas”. 

Sin embargo, esa “ocupación reposada”, que supone una parada en las obligaciones diarias, es una necesidad, especialmente en estos momentos en que todo es actividad frenética, prisa y constante movimento. 

Más allá de conceptos como trabajo o descanso, quizá lo que deberíamos plantearnos, es el uso que hacemos de nuestro tiempo. 

Debemos buscar la adecuada combinación de una actividad laboral o productiva con una parcela de nuestro tiempo dedicada para el descanso. Como hemos comentado en anteriores ocasiones, nuestra ocupación laboral debe sernos gratificante y permitirnos desarrollar al máximo todas nuestras habilidades. Por otro lado, nuestro tiempo de ocio no debe suponernos pérdida sino enriquecimiento espiritual. 

Se trata, por tanto, de distinguir entre ocio y ociosidad: la segunda es un concepto muy cercano a la holgazanería y supone perder el tiempo o malgastarlo inútilmente en actividades de las que no podemos exprimir nada beneficioso para nosotros mismos.  

Esa versión nociva del ocio, que implica estar desocupado y exento de obligaciones, puede llevarnos a conductas autodestructivas como el consumo de drogas o comer en exceso. Tanto el trabajo como el descanso deben proporcionarnos placer y satisfacción, ambos deben enriquecernos y contribuir a nuestro desarrollo humano, porque a ambos les encontramos provecho y sentido. 

Todos necesitamos descansar y distraernos de las ocupaciones diarias y el ocio puede tener un carácter educativo, solidario , creativo, etc. Debe fomentar la imaginación y la autonomía , mas allá de la ganancia y la obligación. 

Existen, resumiendo, dos versiones del ocio y, desde luego, debemos disfrutar de momentos auténticos de descanso y relajación, que no son sólo un derecho, sino que suponen una necesidad física y psicológica. Es importante que aprendamos a distinguir entre el ocio verdadero, el que relaja y permite desconectar, de la mera inactividad o pasividad, que arrastra al aburrimiento y a comportamientos nada recomendables como beber alcohol o consumir otros tóxicos. 

No olvidemos que como decía Bertrand Russell: 

“el sabio uso del ocio es un producto de la civilización y de la educación”.

Pero también advertía Séneca:

“estar en ocio muy prolongado, no es reposo, es pereza”.

 

María L. Nuño

Psicóloga Centro AUPA