El título hoy podría ser el resumen de lo que nos hablar el artículo de EL PAÍS “Conversaciones necesarias y de lo que vamos a hablar hoy.

Es sencillo de entender y os lo explicaré. El lenguaje surgió como medio de comunicación entre humanos y como parte de su evolución, favoreciéndola, precisamente porque servía para compartir ideas, sentimientos, idear planes en común… En definitiva, permitía establecer mejores relaciones con los demás y por tanto, favorecía la vida en grupo, ya que los seres humanos somos animales gregarios. Es el lenguaje el que nos permite identificarnos, expresar lo que somos y sentimos.

Es esta característica, la de poseer el lenguaje como medio para comunicarnos, la contravenimos cada vez que callamos y dejamos de expresar cómo nos sentimos o lo que opinamos. Por eso, esta manera de actuar es tan contraria a nuestra propia naturaleza y, como dice el artículo, genera tanto malestar. No es posible callar siempre, sin embargo, hay personas que han adoptado esa forma de actuar para evitar conflictos, para agradar, por inseguridad… Nada de esto es real; claro que no tenemos que convertirnos en apisonadoras de la verdad avasallando a todo el mundo, simplemente debemos practicar la asertividad, que no es más que ser capaces de comunicar nuestros pensamientos e intenciones y defender nuestros intereses. Es la postura intermedia entre la pasividad y la agresividad. Está relacionada con la madurez, sólo si entendemos que callando estamos, de alguna manera, renegando de nuestra propia identidad, podremos entender que no podemos ni debemos hacerlo.

No olvidemos que estamos hechos para comunicarnos, da igual donde sea: en el trabajo, en casa, con los amigos… No podemos permanecer callados siempre, no podemos negarnos a nosotros mismos para “no molestar”, pero tampoco debemos imponer nuestra opinión, o pensar que todo el que no la comparte enemigo. Es el lenguaje el que nos permite entendernos, aclarar malos entendidos, intentar comprender la postura del otro; en definitiva, el lenguaje nos permite expresar nuestros sentimientos. Si lo hacemos, comprobaremos que todo es más fácil de lo que nuestra imaginación nos hacía ver. 

Otro aspecto de callar y dejar lo que queramos decir “para otro día” es el de que a nuestro cerebro no le gustan las cosas sin terminar. Le perturban y le generan malestar. Notaremos un estado de ansiedad que no seremos capaces de entender ni de relacionar con nada, simplemente sabremos que no estamos tranquilos. Esto ocurre porque intentamos enterrar en el inconsciente ese tema espinoso que preferimos relegar, pero sólo lo enterramos, no conseguimos que desaparezca al no estar solucionado. Y nuestro cerebro lo sabe. Es por esto que cuando, por fin, hablamos con alguien con quien tenemos una conversación pendiente del tipo que sea, respiramos aliviados con la sensación de habernos quitado un peso de encima. En el fondo es así, al zanjar una conversación pendiente habremos aliviado a nuestro cerebro de una pesada carga. 

Pensemos en todas las cosas que callamos, ante quién lo hacemos y porqué. Si analizamos estas tres cosas, aprenderemos mucho sobre nosotros mismos, sobre nuestros miedos, inseguridades, faltas de autoestima. Y al revés, pensemos ante qué temas saltamos como panteras sobre nuestro interlocutor, qué temas no toleramos o sobre qué aspectos ni siquiera escuchamos lo que nos intentan decir y aprenderemos mucho sobre nuestra propia intolerancia y nuestros prejuicios e ideas preconcebidas.

Así pues, hablemos, conversemos con los demás, escuchemos, compartamos ideas, porque no hay nada más saludable ni nada que nos haga mejores y más tolerantes. 

Respeto por nosotros mismos y por los demás, ese es el quid de la cuestión, como decía Voltaire:

“No estoy de acuerdo con lo que dices pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. 

Dra. San Román

Subdirectora médica Centro AUPA