SOCORRO, NUESTROS HIJOS SE ABURREN

Os extrañará quizás el título del artículo y pensaréis cuál es la razón para tratar este tema en nuestro blog de Centro Aupa. Espero que al terminar de leerlo lo entendáis.
Cuando llega el verano la mayor parte de los padres entran en pánico: qué voy a hacer con los niños para entretenerlos en sus dilatadas vacaciones, es como si el aburrimiento fuera nuestro peor enemigo que acecha para instalarse en nuestras vidas en cuanto nos descuidemos un poco. Es una sensación maldita que nadie quiere sentir, y en el caso de sentirla, cuesta reconocerlo ante los demás porque se siente como un fracaso. La RAE define el aburrimiento como “la sensación de fastidio provocada por la falta de diversión o de interés por algo”. Creo que la mayoría de nosotros lo entendemos como la primera acepción, la ausencia de diversión, pero entendiendo la diversión como actividad. Vivimos en un mundo en el que si no haces nada o no muestras lo mucho que viajas, te ríes, sales y realizas cosas fuera de lo habitual en tus vacaciones, es que te aburres. La mayor parte de nosotros hablamos de las vacaciones de descanso o sin planes extraordinarios, casi con resignación: bueno, por lo menos he descansado. Y eso es lo que transmitimos a nuestros hijos, que entran en la locura de la “diversión” y en el frente “anti –aburrimiento”. Desarrollan una especie de fobia y repiten como si fuera una enfermedad de la que les tenemos que librar: me aburro. Por eso, hoy quiero que mi artículo sea un alegato a favor del denostado concepto de aburrirse, que no se convierta en una plaga de la que debemos librar a nuestros hijos a toda costa. Os daré varias razones:

1-La ausencia de diversión programada y facilitada, hace que los niños desarrollen la creatividad. Lo seres humanos tenemos una gran capacidad de ser creativos, sólo que la anulamos sin casi ser conscientes de ello. El darles todo hecho, el ponerlos delante de una consola de vídeojuegos, anula esa capacidad innata. Todos tenemos en la mente la imagen de niños jugando con chapas de refrescos, o con cajas de cartón, o con palos haciendo de pistolas, o imaginando seres mágicos escondidos o enemigos a los que hay que combatir, historias creadas, adjudicación de personajes…..eso es lo que anulamos.

2-El que un niño se aburra potencia su tolerancia a la frustración. No se trata de que lo provoquemos o les castiguemos a aburrirse, sino que cuando ocurra aprendan dos grandes lecciones: una, que en la vida las cosas no siempre salen como uno quiere, y la segunda, que en la vida hay momentos muy buenos y otros que no lo son tanto. Y no pasa nada, eso es vivir. Añadiría una tercera: que no son el ombligo del mundo, que porque se aburran no tiene que ponerse todo el mundo en movimiento para solucionarlo. Os aseguro que es la mejor y más útil lección que un niño puede aprender y que le servirá para afrontar de adulto problemas y situaciones de todo tipo.

3-El aburrimiento potencia la capacidad de observar y pensar. Recuerdo en mi infancia cuando iba al campo, y a falta de otra cosa que hacer, estar observando a los grillos, las hormigas, los caracoles o cualquier otro bicho que hubiera, e inventar historias sobre su comportamiento e incluso establecer lazos familiares entre ellos. Es sano que un niño mire a su alrededor, vea lo que hay, se interese, pregunte, pero todo esto sólo va a ocurrir si no está sentado delante de la tele o de la vídeoconsola. Los niños aprenden en el colegio informaciones que se limitan a repetir y su ocio se basa en la tecnología con juegos repetitivos y de habilidad, pero se fomenta poco su capacidad de pensar, de manejar la crítica, de generar que tengan su propia opinión sobre las cosas.

4-El aburrimiento favorece el control de la inmediatez y la impulsividad. Si el niño entiende que no todo tiene que ser cuando él quiere y cómo él quiere, aprenderá a retrasar el placer y por tanto cuando llegue lo disfrutará más, aprenderá que muchas veces quiero cosas pero no las voy a poder conseguir de manera inmediata, aprenderá a descubrir y utilizar las herramientas que existen en su cerebro para enfrentar esa situación haciéndola lo más llevadera posible en vez de enrocarse en la negatividad. Desarrollará la capacidad de ver alternativas y de aprender a esperar otro momento mejor sin desesperarse.

Creo que las cuatro razones que os he expuesto os harán entender porqué he decidido hoy hablar de este tema, la mayor parte de nuestros pacientes tienen alguno de estos problemas. Sabéis de la enorme importancia que para mí tiene la educación en el futuro de cada persona. Leí hace poco en un artículo que “el mundo está en manos de la generación de cristal, jóvenes inmaduros que se rompen ante cualquier problema”. Corrijamos esto. Amemos a nuestros hijos, pero sin asfixiarlos o anular su propio desarrollo. No todo es conocimiento o habilidades, la vida es mucho más, y lo que va a decidir si el futuro de un ser humano es más o menos satisfactorio, no es la cantidad de conocimientos que tenga, ni la cantidad de países que conozca, ni los muchos idiomas que hable, sino su capacidad de saber enfrentarse y encarar las diversa situaciones que surgen en la vida, buenas o malas. Aprendamos a darles cariño, pero no sobreprotección, enseñémosles a andar sólos, a tener confianza en sí mismos, a asumir responsabilidades, y crearemos unos adultos sanos y equilibrados.

Decía Roousseau que “La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”. No les traslademos nuestras frustraciones, dejemos que los niños sean niños, que corran, salten, imaginen, lloren, rían y se aburran.

Dra. San Román