Te propongo un juego. Piensa en las tres personas que más quieras. Nómbralas en tu cabeza. Y ahora viene la gran pregunta: ¿estabas tú entre ellas? Seguramente no, ¿verdad? Es muy difícil encontrar a alguien que se ponga a sí mismo en esta lista. Y todos debemos estar en ella. Y los primeros.

Este es un sencillo planteamiento para comprender que si no nos queremos a nosotros mismos no podemos querer a nadie más. Tenemos que ser nuestro mejor amigo y con demasiada frecuencia caemos en la trampa de ser nuestro peor enemigo. Nos criticamos duramente, nos avergonzamos de ciertas actitudes, nos exigimos como el profesor más duro y cuando la tensión y el esfuerzo se hacen insostenibles, intentamos evadirnos bebiendo, comiendo, comprando… O realizando cualquier conducta nociva hacia nosotros que vuelve a activar la rueda del malestar.

El precioso artículo de Rosa Montero sobre la amistad ‘Gracias’ me inspiraba a escribir estas líneas. Dice Rosa que “la amistad es como el amor, dos materias complejas e infinitas, profundos rincones del ser que uno sólo empieza a entender cuando madura”. Y tiene razón. Pero a mí me parece difícil acceder a ellos si no hemos entrado primero en otros rincones, a veces más complejos e inaccesibles en apariencia, que nos permitan conocernos, abandonar las conductas infantiles y egoístas y entrar en un plano más compasivo que nos abarque a nosotros y a los que nos rodean. Cuando no hemos hecho este trabajo, los amigos a veces se convierten en meros instrumentos que nos proporcionan lo que en ese momento queremos, sin profundizar en la relación. Sin desnudarnos de verdad, ofreciendo al otro nuestro apoyo y ayuda desinteresados.

Esta situación suele ser muy común en las personas que padecen una adicción a cualquier droga (alcohol, hachís, cocaína, pastillas, etc…) o una conducta adictiva al juego, al sexo, a Internet, etc. Siempre he sostenido que la adicción envilece al individuo. Y hay una explicación sencilla detrás. Sabemos que las drogas o conductas adictivas elevan la dopamina en el cerebro y nos hacen sentir “bien”. Pero hay muchas otras cosas que producen el mismo efecto placentero como por ejemplo el calor, el cariño y el amor incondicional de un buen amigo. La diferencia entre ambas es que la primera no cuesta ningún esfuerzo y la segunda sí. Aquí no estamos hablando de los amigos de juerga que están en la misma situación que uno cuando hay drogas o conductas compulsivas de por medio. Nos referimos a aquellas personas que requieren atención, entrega, riego constante porque ellos nos lo ofrecen también. Como dice Rosa Montero: “hay que invertir muchas horas en cultivar la amistad”. Y este esfuerzo trae una gran recompensa. Pero la droga también, aunque sea una trampa efímera y venenosa. Por tanto, la persona que se adentra en el túnel de la adicción, se vuelve cada vez más egoísta y su organismo se acostumbra a realizar un esfuerzo cada vez menor para conseguir un frágil equilibrio que con el tiempo acabará fracasando.

Es de vital importancia conocerse, quererse y tratarse bien a uno mismo para poder conocer, querer y tratar bien a los demás. Para ello, lo primero que debemos hacer es alejarnos de cualquier elemento que nos desestabilice. Y una vez conseguida la serenidad mental, podremos ver con mayor claridad quiénes somos, lograr un equilibrio físico y mental, y elegir a nuestros amigos sin egoístas intereses de por medio.

Para empezar tienes a tu mejor amigo esperándote: TÚ.

Marta Blázquez

Terapeuta Centro Aupa