“La impaciencia no sirve para nada”. (EL PAÍS)

“Para tener una actitud más constructiva hay que recordar de vez en cuando que todos los procesos tienen su función y su tempo”.

Nos hablan en el artículo de esas sensaciones que genera la impaciencia: querer las cosas ya, que llegue pronto aquello que deseamos, de “ no perder “ el tiempo… Pero , ¿sirve para algo?. Rotundamente no, o más bien sí, pero para nada bueno. La impaciencia sólo trae consigo consecuencias negativas, enumeraremos algunas:

  1. No conseguimos nada con ella, con lo cual lo único que genera es una sensación de frustración e impotencia, sensaciones que lo que harán únicamente es empeorar mi estado de ánimo.

  2. Impide disfrutar del aquí y ahora. Cada momento en la vida es mágico, por ser irrepetible. No deberíamos vivir esperando siempre qué es lo próximo bueno que me va a ocurrir y deseando que llegue pronto, sino disfrutar de lo bueno que me da cada día. Como decía alguien: la felicidad no es un destino, es el viaje.

  3. Debemos de aprender a ver el lado bueno de cada situación y la impaciencia nubla esta visión. Si estoy en un atasco y no avanzo, debería aprovechar para oir música en la radio y disfrutarlo, o planificar mis próximas vacaciones, o mejor aún, fijarme en el cielo, en lo que me rodea y valorarlo, en vez de dejar pasar ese tiempo en consumirme con la angustia de querer que pase pronto.

  4. Reforzará nuestras emociones negativas. El vivir instalado en la impaciencia por todo de manera continua, me volverá una persona ansiosa, estresada y angustiada y tendente a ver siempre lo que falta, en vez de lo que hay. No debemos olvidar que nuestras emociones transforman nuestra manera de ser y comportarnos, convirtiéndonos así en personas negativas y vinculadas a la queja, al ser estas las emociones que cultivamos.

  5. Afecta a nuestro equilibrio emocional. Nunca podremos ser unas personas equilibradas y a gusto con nosotros mismos, si siempre creemos que al momento actual le falta algo, o no es el adecuado, o el siguiente debería llegar más rápido, o las cosas debería pasar más deprisa. Debo eliminar la impaciencia si deseo alcanzar un bienestar emocional. Debo ser capaz de analizar qué tipo de pensamiento negativo me lleva a convertirme en alguien impaciente, o replantearme qué es para mí, en realidad, disfrutar de la vida. Si soy capaz de contestar a estas preguntas con sinceridad, habré encontrado cuál es el problema que me lleva a ser una persona insatisfecha e impulsiva.

Como decía Socrates:

“Aquel que quiera cambiar el mundo debe empezar por cambiarse a sí mismo”.

Así pues, pongámonos manos a la obra. Aprendamos a disfrutar de nuestra vida, a ser capaces de convertir los momentos malos en situaciones de las que aprender algo bueno, a controlar esa nociva sensación de inmediatez que a veces tenemos y a valorar todo lo bueno que cada día nos trae, aunque a veces no seamos capaces de verlo precisamente por la prisa con la que vivimos. Y nos daremos cuenta de que si dejamos de buscar razones para ser infelices, encontraremos miles de razones para ser muy felices.

Dra. San Román

Subdirectora Médica Centro AUPA