En los años setenta, Bruce Alexander, un profesor de Psicología de Vancouver llevó a cabo un interesante experimento. Tras observar como una serie de ratas en una jaula donde podían elegir entre agua y agua con cocaína, se volvían adictas al “preferir” el dispensador que contenía la droga diluida, decidió construir un parque de ratas. Se trataba de una jaula mucho más grande donde las ratas disponían de zonas donde jugar, pelotas, ruedas, la mejor comida para ratas, túneles y muchos amigos para socializarse y aparearse.

Alexander quería saber qué sucedería en este nuevo entorno. Colocó los mismos dispensadores de agua y agua con cocaína. Todas las ratas probaron ambos pero lo que sucedió fue sorprendente. A las ratas que llevaban una vida completa con sus necesidades cubiertas no les gustó el agua con droga. En general, evitaban beberla y consumían menos de un cuarto de cocaína con respecto a la que tomaban las ratas aisladas. Es decir, las ratas que vivían en un entorno feliz, no se hicieron adictas.

En un principio puede parecer que esta conducta no es extrapolable al ser humano pero existe un ejemplo real de cómo este experimento funcionó en un grupo de personas. En la Guerra de Vietnam, un elevadísimo número de soldados americanos consumió heroína para soportar la dureza de la batalla y las circunstancias que la rodeaban. Un 20% de los soldados estadounidenses había desarrollado una adicción a la heroína según un estudio publicado en los Archivos de Psiquiatría General. La población americana temía que un gran número de adictos regresara a casa al finalizar la guerra. Pero sorprendentemente esto no sucedió. Al volver a sus hogares el 95% dejó de consumir, incluso algunos sin rehabilitación. El cambio de una terrible “jaula” a una mucho mejor (su país, sus familias…) hizo que se recuperaran.

Volviendo al profesor Alexander, éste continuó con el experimento y quiso saber qué pasaría si a una rata mantenida en la primera jaula (sin nada más que lo dispensadores de agua y agua con droga) durante 57 días, se la introducía en el parque de ratas. Quería ver si el cerebro de la rata había sido secuestrado por la adicción y ésta ya no podría recuperarse. De nuevo el resultado fue increíble. Las ratas adictas pasaban por un período de síndrome de abstinencia y poco a poco volvían a llevar una vida sin droga. La jaula buena las había ayudado a salvarse.

Las conclusiones de este experimento son rotundas.

El entorno de una persona es una de las claves para contraer y mantener una adicción. Y, por supuesto, también gran parte de la solución a la hora de recuperarse.

En un artículo de El País que lleva como título “La influencia de los entornos” se amplia este mismo planteamiento a cualquier circunstancia. Es decir, es obvio que no sólo los adictos se ven beneficiados de un entorno sano y positivo. Todas las personas y las cosas que nos rodean provocan un efecto en nuestro bienestar. Y hay diferentes contextos que debemos cuidar para que jueguen a nuestro favor. Estos son: el contexto material (lugar donde vivimos, barrio, trabajo, automóvil…), personal (familia, pareja, amigos, conocidos…) y mental (creencias, religión, paradigmas, hábitos..) Todo ello es determinante y puede ser nuestro aliado o nuestro peor enemigo. Un entorno te suma o te resta. Te hace mejor persona o te arrastra y te empobrece.

Así que revisemos y analicemos en profundidad todo lo que nos rodea y hagamos los cambios y modificaciones necesarias para sentirnos bien, con coherencia y equilibrio según lo que somos o queremos ser.

En el artículo mencionado más arriba también se cita una curiosa reflexión de Jim Rohn que puede ayudar a nuestros lectores en su análisis interno sobre su entorno de vida. Dice Rohn que nos convertimos en una combinación de las cinco personas con las que pasamos más tiempo. Y añade que se podría adivinar la calidad de nuestra salud, actitud e ingresos mirando a las personas que nos rodean.

Finalizo este texto con el refranero español que a veces acierta de lleno. Otras puede llevarnos a reduccionismos peligrosos.

“Dime con quién andas y te diré quién eres.

Y quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.

¿Qué os parece?

Marta Blázquez

Terapeuta Centro Aupa