Leo un artículo sobre los efectos de la cocaína en la percepción de las emociones propias y de los demás titulado “La cocaína no te hace guay, sino inconsciente de lo insoportable que eres”. Y aunque me “rechina” el enfoque que le da el autor hablando de autismo o denostando al consumidor que, por ignorancia, carencias afectivas, escasas habilidades sociales u otros motivos de origen biológico, psicológico o social cae en la trampa de esta droga, intento llegar a la esencia del mensaje y me viene a la cabeza una gran frase de Keith Richards (the Rolling Stones) que aludiendo a sus años de excesos con la heroína afirmó: “Todas las contorsiones que somos capaces de hacer para no ser nosotros mismos durante unas horas”.

Y esta es la clave del asunto: ¿qué da la cocaína? ¿Realmente se consume por gusto? ¿Qué tapa o qué destapa esta sustancia?

Estoy de acuerdo con el estudio que afirma que este tóxico interfiere en la capacidad para identificar emociones negativas y por tanto puede hacernos percibir que estamos siendo graciosos o divertidos cuando la realidad es otra bien distinta. Pero el auténtico problema reside en el porqué de la necesidad de exacerbar esa sensación de empatía y de sociabilidad cuando ya la traemos de serie. Somos seres capaces de conectar profundamente unos con otros. Podemos disfrutar enormemente en la compañía de nuestros semejantes sin necesidad de estímulos externos. Por tanto, creo que se hace necesario preguntar por qué el dolor o la incomodidad más que por qué la adicción.

Vivimos en una sociedad en la que todo sucede muy rápido y no aprendemos a analizar lo que nos pasa por dentro porque vivimos hacia fuera. Decía un maestro que la mejor manera de estar en el infierno es huir del infierno. Por tanto, evadirnos de cómo somos consumiendo drogas para ser “mejores” no nos llevará más que a una espiral sin fin. En ella, como no me gusta lo que hay, me drogo y como me drogo (que no es otra cosa que un analgésico temporal) no soy capaz de hacer los cambios necesarios para ser feliz y en consecuencia, no me gusta lo que hay.

La cocaína, el alcohol, el tabaco, las compras compulsivas, el sexo patológico, la ludopatía… Son estrategias para huir de nosotros mismos. Pero es muy difícil aprender a permanecer con lo bueno y lo malo de uno sin salir corriendo, porque en muchas ocasiones el entorno te lleva a distraerte, a comer, a consumir, a olvidarte de ti a cualquier precio.

El último anuncio de una conocida marca de zapatillas de deporte nos pide que… ¡Seamos más humanos!

(Be more human).

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Y tienen razón. Para salir de este círculo vicioso de estímulos vacíos de contenido necesitamos sacar esas cualidades que nos hacen humanos como la compasión, la creatividad o la humanidad compartida (saber que no somos los únicos que sufrimos).

Cuando uno se ve muy perdido debe orientarse hacia dentro. Y si lo que ve es demasiado doloroso o confuso pedir ayuda. Rasgo muy humano también.

Marta Blázquez

Terapeuta Centro Aupa