El resumen de lo que trata el artículo de EL PAÍS: Su hijo podría ser igualito que su padre. Y da mucho miedo bien podría ser el argumento de una película de ciencia-ficción: manipular el genoma humano a través de una técnica que permitiría eliminar los genes defectuosos cambiándolos por otros. Esto se consigue a través de una “tijera molecular” como se explica, que permite eliminar, corregir e inactivar cualquier gen. Este importantísimo descubrimiento les valió a sus descubridoras obtener el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en el año 2015.

¿Qué supone esto? Creo que es maravilloso y estremecedor a la vez. Maravilloso porque supone la posibilidad de erradicar muchas enfermedades genéticas, algunas muy graves y mortales, al modificar el gen alterado que las produce. Estremecedor porque abre una vía muy peligrosa que permite la creación del ser humano “a la carta”, porque además la técnica es fácil y barata. De hecho, la Unesco ya ha pedido una moratoria para poder debatir en qué casos es admisible el uso de esta técnica.

La lectura de este artículo me lleva, como casi siempre, a pensar en nuestros pacientes de Centro Aupa. Al realizar la historia clínica descubrimos que en la mayor parte de los adictos al alcohol, en su familia siempre hay antecedentes, pareciera que se trasmite un legado maldito. Y de alguna manera, así es. La adicción es una enfermedad que tiene un componente genético, todavía no definido claramente. Se han encontrado en estudios realizados ciertas alteraciones que parecen ser las que provocan una predisposición genética a padecer esta enfermedad. Pero siempre surge la pregunta. Hijo alcohólico de padre alcohólico, ¿¿por genética o aprendizaje??

¿Sería suficiente con manipular un gen para que desapareciera este terrible padecimiento? Por desgracia no. Es verdad que existe una predisposición genética a padecerla, pero también es verdad que si no hubiera bebido nunca, nunca la hubiera desarrollado. Sabemos que la adicción es un proceso multifactorial, en el que influyen la genética, el aprendizaje, la educación, las condiciones personales… Es decir, no sólo es herencia.

Lo que ocurre en los hijos de padres alcohólicos es que se aprende un mecanismo de evasión que hemos visto desde pequeños. Empiezo a tener contacto con el alcohol como algo natural, puesto que siempre ha estado presente en mi vida. Además nuestro cerebro aprende rápidamente que al beber alcohol, se siente bien de manera rápida y olvida cualquier malestar, lo que se denomina sistema de recompensa, así pues lo archiva como recurso a utilizar ante cualquier eventualidad y progresivamente se va convirtiendo en una manera de actuar y enfrentarse a la vida. Esto ocurre porque hemos heredado los genes, pero también hemos heredado toda una educación, o más bien, toda una falta de ella, que nos impide enfrentarnos de manera adecuada a nuestras emociones, sentimientos, frustraciones, miedos, inseguridades… Es todo esto lo que nos convierte en adictos, porque se nos impide disfrutar de la vida. Ojalá la manipulación de un gen resolviera el problema, pero no lo creo.

A nuestros pacientes no les manipulamos el genoma, lo que manipulamos, en el buen sentido, es el manejo de sus emociones, aportándoles una manera más amplia de ver el mundo para que puedan entender lo que les pasa a ellos y lo que ocurre a su alrededor. De esta manera, entienden que el alcohol ya no les hace falta como muleta para caminar por la vida; y no sólo eso, sino que descubren que, como droga que es, alteraba y transformaba su verdadera personalidad, convirtiéndolos en otra persona peor. Sólo así creo que es como una persona puede corregir y cambiar aquello que no funciona en su vida.

Claro que el descubrimiento es importante, pero no sólo es necesario manipular un gen para conseguir el cambio; debemos cambiar todo aquello aprendido de manera errónea, ya sea la manera de enfrentarse al mundo, la impulsividad, la intolerancia a la frustración, el concepto de felicidad, el modo de relación con los demás… Todo esto no se cambia con esta técnica de manipulación génica. Así pues, bienvenido el descubrimiento por la importancia tremenda que supone, pero en el campo de las adicciones, la herencia fundamental es otra, la educacional.

Ojalá los encargados de planificar el sistema educativo de este país, y los propios padres, no olvidaran nunca la frase de Aristóteles:

“Educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto”.

Dra. San Román

Subdirectora Médica Centro AUPA