RESPONSABLE DE MIS HIJOS

Cuando se habla de este tema todo es conflictivo, existen mil teorías, diferentes opiniones y millones de artículos y libros referentes a ello. No pretendo hoy meterme a teorizar, todo lo contrario, a simplificar. Educar a un niño consiste básicamente en darle cariño y confianza en sí mismo, con todo lo que esto último conlleva. Esto supone no sobreproteger, no intentar ver cumplidos a través de ellos nuestras expectativas frustradas, no manipularlos, no mentirles, considerar que son seres humanos aunque sean menores de edad, escucharles, no imponer y sobre todo, educar con el ejemplo. Y con esto último hemos llegado al meollo del asunto y al fondo del artículo al que hoy hacemos referencia, el estudio realizado y basado en unas mil entrevistas a padres e hijos sobre el consumo moderado de alcohol de los primeros y el efecto sobre los segundos. Las conclusiones son poco halagüeñas, para los hijos es muy nocivo ver a sus padres afectados por el consumo de alcohol. Y es fácil de entender, para un niño sus padres son el referente de seguridad, tranquilidad, el indicador de que todo está en orden y en su sitio. Si este indicador se tambalea, el mundo de un niño tiembla, sus pilares se resquebrajan, la sensación de que algo va mal se apodera de ellos. Los niños perciben con más intensidad si cabe, que el resto, algo fundamental en la comunicación y en el que radica el 50 % de esta y que no es el contenido de lo que decimos como cabría esperar, sino el lenguaje no verbal. Este se ve tremendamente alterado cuando bebemos, si no os lo creéis, os invito a no beber cuando estéis en un sitio en el que la gente está bebiendo, a partir de la segunda copa o caña, empezad a observar los cambios: elevación del tono de voz, aumento en la gesticulación, risas excesivas, cambios en la gestualidad, enrojecimiento ocular, inestabilidad…., exactamente esto es lo que perciben nuestros hijos, no los engañamos. Repasemos las dos definiciones dadas por dos de los niños encuestados al referirse al alcohol: el “azúcar de los adultos” y el “lugar feliz de los mayores”, ambos muy significativos sobre cómo han captado los efectos del alcohol sobre sus padres. Verdaderamente estremecedor.

              Existe, por otro lado, el tema de la credibilidad. No puedo intentar inculcar en mis hijos determinado modo de vida saludable y luego acostumbrarlos a que sus padres beben con frecuencia, aunque sea lo considerado como “moderado”,  siendo testigos de la asociación de alcohol y diversión que se establece. Los niños son tremendamente lógicos y toleran mal la incoherencia. Si decimos una cosa y hacemos otra, se verá mermada la confianza que tienen en nosotros. A diario veo en nuestra consulta de Centro Aupa a pacientes con problemas de adicción al alcohol, y en la abrumadora mayoría ha sido un aprendizaje realizado en casa. No se trata de demonizar ni culpabilizar, sólo de decidir qué quiero enseñar a mi hijo, cómo quiero que sea su futuro, cómo puedo mantenerlo alejado de ciertos peligros y la respuesta a estas preguntas es bien sencilla: haciendo aquello que quiero que aprenda. Debería practicar deporte para que él lo hiciera, debería leer para que él lo haga, debería ser positivo para que fuera lo que él aprendiera, debería ser generoso con los demás para que él también lo sea, debería ser tolerante para que él un día lo sea, debería comer sano para que él se acostumbre a hacerlo.

       Como decía la Madre Teresa: “No te preocupes por si tus hijos no te escuchan, te ven”

                                            Dra. San Román