Según nos dice el artículo de EL PAÍS, un 22 % de los conductores cree que es posible engañar en los controles de alcoholemia: bebiendo limón, enjuague bucal, tomar café, bebidas energéticas… Pero el porcentaje sube hasta el 30 % según disminuye la edad de los encuestados y su nivel cultural. Es lógico. Este es un país en el que engañar al otro es de “listos” y en el que, educacionalmente, la trampa nos acompaña desde nuestra infancia:

  • Empezamos a mentir desde pequeños si nos equivocamos o hacemos algo mal porque, si decíamos la verdad, nos reñían o nos castigaban.
  • Seguimos con mentiras en la adolescencia a nuestros padres para conseguir: dinero, salir hasta más tarde, que nos compren algo que deseamo…
  • Se nos ocurre mentir para elaborar el curriculum laboral y en las entrevistas de trabajo para “adornarnos” con más cualidades.
  • Mentimos cuando hacemos la declaración de la Renta, y además presumimos de haber engañado a Hacienda.
  • Mentimos a la hora de relacionarnos con los demás para parecer mejores.
  • Se nos hace prácticamente inevitable mentir sobre nuestros sentimientos cuando establecemos relaciones afectivas.

En general, como vemos, la mentira y el engaño forman parte de nuestra vida. Pero es que, además, creemos que es necesario para sobrevivir y que en el fondo no es tan malo. El problema es que mentir a los demás es sólo el primer paso para el autoengaño.

Os explicaré el porqué: en primer lugar, porque si somos conscientes de nuestra mentira, también somos vulnerables pues nos pueden descubrir, así que nuestro instinto de supervivencia nos aconseja creernos nuestras propias mentiras para resultar más creíbles. Y en segundo lugar, porque el mentir genera un malestar en nuestro cerebro, así pues, la manera de aliviarlo es terminar creyendo aquello que contamos. Esto es el origen de muchos problemas a nivel emocional, entre ellos el de las personas adictas. No sólo porque la mentira forma parte de la personalidad adictiva, siendo además imprescindible para continuar manteniendo su adicción, sino porque el justificarse y llegar a creerse sus propios razonamientos sobre lo que ocurre en sus vidas, les impide enfrentarse al problema y ponerle solución. Esto último le ocurre también a muchas personas con desequilibrios emocionales e insatisfechos con su vida, que son incapaces de enfrentarse a la realidad (que por supuesto, no coincide en absoluto con la trama argumental de la película en la que han convertido sus vidas).

Así pues, intentemos transmitir a nuestros hijos lo absolutamente nociva que resulta la mentira o el engaño, inculcándoles, por el contrario, la suficiente valentía para encarar los problemas y solucionarlos. Sólo así conseguiremos que en un futuro se conviertan en adultos sanos emocionalmente.

Como decía Saramago:

[…] mentir es la peor de las cobardías”.

Dra. San Román

Subdirectora médica Centro AUPA