Cuando nos enfrentamos a una adicción con o sin sustancia, nos estamos también enfrentando a sus efectos colaterales, esto es: los daños psicológicos, físicos y/o sociales que dicha adicción provoca en otras personas, normalmente aquellas que conviven con la persona afectada.

Seguramente bastantes personas que leáis este artículo habréis detectado en algún momento de vuestra vida las graves consecuencias que genera esta enfermedad en las personas allegadas. A veces se trata de daños agudos, con consecuencias más o menos graves, y otras veces se sufren daños “silenciosos” que van deteriorando la calidad de vida de aquellos que conviven con la persona afectada.

Podríamos hacer una larga lista de daños colaterales, pero vamos a centrarnos en los de más alta prevalencia, que a su vez son, con bastante seguridad, los que apuntábamos en el párrafo anterior que en algún momento de vuestra vida habréis detectado sin que hayáis tenido que buscarlo, dada la alta prevalencia de conductas adictivas en nuestra sociedad:

• Accidentes de tráfico
• Accidentes laborales
• Fracaso escolar
• Problemas laborales
• Violencia
• Malos tratos
• etc, etc…

Ni que decir tiene que cuando ponemos este importante tema sobre la mesa, no podemos tomar como referencia las urgencias hospitalarias, que es algo que se sigue haciendo erróneamente, ya que estaríamos excluyendo a cientos de miles de personas que nunca pisarán un hospital por una intoxicación pero que sí lo harán porque han sido atropelladas por un conductor ebrio, o sufrirán malos tratos constantes provocados por su pareja, padre, madre, hermano, jefe o compañero de trabajo.

Es fundamental prestar la atención que merecen estos indicadores sociales porque son un baremo para calibrar el verdadero impacto de las conductas adictivas en nuestra sociedad, y no limitarnos a hacer esta medición según aspectos estrictamente sanitarios.

En Centro Médico AUPA estamos especialmente atentos a todo ello, y nuestra forma de trabajar pasa por una concienciación del proceso diagnóstico y tratamiento por parte de paciente, pero también pasa por un intento de implicación por parte de familiares y allegados en la terapia, siempre desde un código deontológico que preserva la intimidad y los derechos de cada paciente cuando este no quiere que sea así.