Desgraciadamente no existe, ni creo que existirá una respuesta oficial y veraz que conteste a la pregunta que da nombre al título de este artículo, aunque a lo mejor a través de las reflexiones que aquí expongo, cada lector puede sacar sus propias conclusiones.

Recientemente el organismo de Naciones Unidas encargado del control de drogas ha expresado su preocupación por la legalización del cannabis en cinco regiones de EEUU y ha recordado que estas iniciativas van contra lo dispuesto en los tratados internacionales de drogas.

En Colorado y Washington ya se puede comprar y consumir libremente cannabis desde 2014, mientras que en los estados de Alaska y Oregón se acaban de aprobar iniciativas legislativas populares para legalizar el cannabis para uso recreativo.

La JIFE (Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes) asegura mantener un “diálogo constructivo” con el Gobierno de EEUU al respecto. Los tratados internacionales sobre drogas sólo establecen para el cannabis un uso médico y científico, prohibiendo su consumo con fines recreativos.

En los dos últimos años se ha producido un aumento considerable del consumo de esta sustancia en EEUU y varios estudios ya señalan al factor “menor percepción de riesgo” como principal causante de este aumento en el consumo, especialmente a raíz de la legalización del uso del cannabis con fines no médicos en algunos estados.

Ante este hecho, inevitablemente os estaréis haciendo varias preguntas:

* ¿Qué es esto de “diálogo constructivo” si es de drogas de lo que estamos hablando?

*¿Realmente se puede “construir” cuando estamos hablando de drogas?

* ¿Hay algo que “construya” cualquier tipo de droga en nuestros cerebros? ¿O más bien tendríamos que estar hablando entonces de “diálogo destructivo”?

* ¿Se puede hablar abiertamente de una forma seria y responsable de “fines recreativos” cuando se habla de drogas?

Una vez más el lenguaje se utiliza de una forma engañosa, porque inevitablemente estas dos palabras leídas o escuchadas por una persona consumidora o potencial consumidora (que tenga lo que denominamos un cerebro adictivo), harán que relativice la percepción de riesgo que en muchos casos habrá sido correctamente elaborada previamente a través de mensajes funcionales y adaptativos de familiares y educadores. En otros muchos casos no habrá sido así, o sea que si no ha habido una educación previa, no solo en lo que a conocer los peligros de las drogas se refiere, sino en la correcta educación emocional, la probabilidad de que haya muchos nuevos casos de adicciones se incrementará, de la forma que está ya ocurriendo.

Y termino el artículo con otra pregunta porque ya advertí que no hay respuestas oficiales pero sí ganas de reflexionar y debatir desde Centro Médico AUPA sobre decisiones gubernamentales tan importantes:

¿Existe alguna duda de que estas decisiones políticas efectivamente no hacen más que contribuir a una menor percepción de riesgo a la hora de plantearse el consumo de esta u otras sustancias, con la peligrosidad que ello supone?

Fernando Gallego

Psicólogo Centro Médico AUPA